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martes, 23 de febrero de 2010

perlas /V/








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será porque levita entre las lenguas más mojadas de la noche
y porque la corola de la orquídea tiembla
con el reptar rojo de una abeja sin ojos

cavidad vertical
que grita a sus papilas
un perfume viejo inédito
al mismo tiempo

allá arriba alguna voz escapa
y se queja cada tanto

besos para más tarde allá arriba
allá arriba
ella

eleva coreografías subterráneas
a templos y arcas
de la nuca

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perlas /I/





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minuciosísima
tu cara pacman vampiro abajo
irrumpiendo esloras
fresa entre fibras
y albinas la(r)vas

después…

acacias
cumbres fenicias
entre cataclismos y caricias
garganta nudo y rumores
de vuelos en madrugada...

sólo reposaba
degustaba el beso intenso
en mi polen lleno de tus flancos

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perlas /III/




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crepitar
en el revés
de tu ombligo
todavía a bordo
de tu aguacero de pelo

y en cada roce
tu siempre gusto
contra mis dientes

tu espalda: jarabes hexagonales y su curvatura
para sanar los últimos estertores
del vaivén vertido

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en la plaza





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ceñido y cernido por la intemperie
jaleas inmunes
a sendos resabios de tanta luz

quizá dure todavía
en tu ombligo
una pizca de leche
sonrisas prestadas
alguna caricia nueva

hasta tanto floto
y no hay bruma ni broma
que me disperse de la plaza

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viernes, 12 de febrero de 2010

a h o r a





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ahora es el instante,
no hoy
ni mañana

a-----e
h-----s
o------
r-----y
a-----a

mismísima hora que se fragmenta en azotes de sol
a contraluz

este obnubilarse de aire fresco,
rumores de mar
indómito

es ahora mismo
cuando se sacude la sangre y la vida lo invade todo

eso:
la vida invade vados evadidos
de ayer

todo cambia

y seguimos dentro de la rueda como hamsters
pero sabemos que las jaulas son mentales
nada más estados del ánimo
periferias-estratos
ruedas-escalones

la vida acude
y el amor no mora solo en Roma
como las moscas

pican las alas olvidadas de la espalda
nos invitan a volar

dejarnos ser larvas un momento
para saber cómo sabe
tanto color


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océano





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cereza durando dura
al ritmo roto...
y un enchastre deuvagargantaadentro

vos cayéndote casi en otro océano

sentados en las gradas
viendo y viviendo mutación propia,
murmullos pares pueblan rincones
céfiros dedos multiplican las llamas
-----------------multiplacen

un estruendo de alas restañando las orejas

llueven perfumes
y no hay más paraguas
que tus piernas

tubas de tripa tiemblan
sismos de siglos atrás
la pared del fondo: coliseo tibio
con destino de cal, clavos,
caos, cataratas

a mi cala o a la cima...

una muerte que se desvive al revés
y a la vez patas arriba
los ojos no dan abasto en el escándalo
motín total de paraísos
con epicentro púbico

y vos caída, casi, en otro océano,

cerezas uvadas
una fruta entera
sin paraguas en las veredas
llenas de limo y también limadas
y de limas
que ayudan a las uvas a resbalarse/nos

truenan las tubas
nos tumban
tiemblan los tímpanos
y entonces, trinos
caídos para siempre en este océano


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martes, 9 de febrero de 2010

cuatro E




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es la noche
y soy de agua
o el agua me conjura en partes
en tres o cuatro botes que me sobrevivan
después de pitar sus despedidas y pies a tierra

es el agua
y soy barro aquí
forma química de aire y humus
con cataplasmas vegetales de recuerdos
asidos a los contornos de una cintura misteriosa

este barro somos
en sus espejos errados
migajas nómades y astillas
dentro: una pulsión que marcha
y busca y siente y quiere eso que huele

entre cauces vegetales
esperamos porque ayer el agua
porque la tierra respira, nos perfuma
algunos de sus retazos de eslabones esta noche
y porque alguna vez un fuego equidistante cierre el ciclo

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sábado, 6 de febrero de 2010

perlas /VII/





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puede que haya sido
alguna vez
otro rostro
o su recuerdo
un eco eterno duermevela

llamado que la repite
olas hilos halos
hado pretérito

los frescos danzantes
de mis cúpulas
internas

pero más metralla diagonal envolvente

en un solo
picaporte vertiginoso
millones de muertes del hipotálamo


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48, il morto che parla




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“Il morto che parla” dijo en voz alta casi sonriendo al despertar sola en su casa costera, ese jueves igual a un domingo como todos los días en Bajada Grande, aunque los domingos estivales no se pareciesen a sí mismos con el ruidoso gentío y sus juegos acuáticos. Un día más, pensó Ana Rey, sin saber que antes de la noche cuando fuera a abrir la puerta al llamado del timbre, sería único.

A los cuarenta y ocho estaba cansada, triste. Cansada de hipócrita rutina, salvo cuando escribía; y últimamente ni eso la calmaba, ya no podían esas horas de intimidad juntarla con todos sus pedazos, dejarla disfrutar de hacerlo. Al cansancio lo arrastraba la palpable seguridad de ya no poder estirar la farsa. Y la tristeza no era por el paso y el peso del tiempo.

Sin lavarse ni vestirse se levantó a preparar el mate. El borrador de lo que había decidido sería la última novela de la saga del investigador de su creación, era lo único que había sobre la mesa de la cocina, llamándola. Desvió su mirada a través de la ventana; la isla flotaba estática sobre el pardo líquido horizonte de mediodía que tendía fugaces redes de reciario sobre su lomo, cual escudos ante enemigos sutiles. Esos inquietos cardúmenes de plateados espejos mínimos horadaron sus retinas hasta llegar a su inconciente, de donde descolgaron la imagen del vestido que Ana usó en la presentación de su primera novela, “Il morto che parla”, a los treinta y seis años. Ya que su poesía había triunfado indómita a nivel nacional, pensó que era hora de mostrar algo de prosa, y esa célebre obra policial derivó en una serie de novelas traducidas a varios idiomas.

Como eje de la saga, Ana evitó el arquetípico detective en favor de Ángel Lesci, profesor de teología y vidente natural que renegaba de sus innatos dones y los escondía, a quien la autora ponía en ambientes donde debía usar sus empíricas habilidades. De a poco, dentro de Ana, el personaje creado con su psiquis y sus manos, se volvió persona. Lentamente empezó a vivir más en su mente y en sus sentimientos que en las novelas que ella escribía y él vivía. Tanto la apuesta estampa y el varonil aire itálico del traje de lino verde oliva, como el soberbio imán gris verdoso de la mirada coronando ese rostro inolvidable, que no habían surgido de una figura masculina real en la vida de la ella, sino de una azarosa y rápida descripción preliminar, coparon sus sensaciones diarias sin que lo notara.

Durante doce años la relación pasó por todas las etapas posibles en una pareja. En sus novelas, una por año, subyacía el pulso íntimo del período que atravesaban. Para la cuarta, Ana creía ver a Ángel por las calles, a veces pasaba horas buscándolo. Confundía transeúntes con el héroe de su pluma en esquinas o bares que la líbido insinuara algún sábado de noche; en sus fantasías Ana se entregaba a su etéreo amante. Los pocos hombres que entraron en su vida fueron vencidos por alguno de los atributos del irreal, con quien los comparaba y a la tercera o cuarta salida, descartaba.



Al sexto año decidió matarlo, tanto la había subyugado. Pero una razón u otra lo impedía. Los enardecidos editores lo defendían esgrimiendo sus razones comerciales ante el innecesario hecho. Él le rogaba persuasivas prórrogas, le soplaba al oído promesas firmes entre cortejos decentes o groserías carnales perfectamente aceptables en horas de lujuria. Le hacía el amor como nunca antes, superándose cada vez con gestos nuevos, renovando el romance hasta la extenuación. Al otro día Ana amanecía sola, intuitivamente palpaba la incipiente tibieza de la otra mitad del lecho y aceptaba como cierta su beligerante irrealidad.

Seis años más de obra anual durante los cuales se aisló por completo, ya que con muy pocos seguía en contacto. Sabía que el mundillo murmuraba sus historietas de locura y reía, aunque a veces dudaba si no serían ciertas. Nunca más pisó el Buenos Aires frecuente de ediciones, premios y entrevistas. Se quedó en Paraná, donde se concentraba en escribir sin recibir a nadie, excepto curiosos vecinos o algún nocturno y muy esporádico hombre. Seis años de ostracismo y lucha interna yendo a la fuerza por viejos caminos literarios, renunciados cuando la tácita boda con Ángel de su primera novela le absorbió todo el tiempo.

Sin saber cuando o como, tomó la decisión. Quizá nunca lo hizo, pero a poco de cumplir cuarenta y ocho años, (mientras ordenaba los borradores capítulos siempre expectantes en la mesa de la cocina de la decimotercera entrega, que asombrosamente una gran cantidad de lectores esperaba con ansiedad cada año alrededor del mundo y titularía igual que a la primera), notó imprevistas hojas sueltas intercaladas entre el trabajo de meses, que marcaban una súbita etapa poética. Al compaginarlas comprendió su sentido y la sorpresa de haberla producido sin querer. Eso provocó que los dos últimos capítulos de la novela, aun sin escribir, brotaran en su mente tan claros como si un añoso e insano velo se descorriera sin más esfuerzo que el de respirar. En ellos, Ángel, su legendario personaje, moriría apuñalado por un asesino serial.

Por la tarde se sentó a redactarlos con insólito brío, ansiosa, activa, de buen humor. Pensó que dejarlo morir le dolería más que eso. Anochecía cuando terminó y se fue a bañar. El timbre anunció la previsible visita de Marta, vecina de al lado.

Aunque los años habían apocado la varonil estampa, al abrir reconoció espantosamente inmóvil y sin dudas el soberbio imán gris verdoso de la mirada coronando ese rostro inolvidable que no había surgido de una figura masculina real sino de una azarosa y rápida descripción preliminar. Con pavor oyó: “no puedo permitir que lo hagas” y un desgarro como de cáscara de huevo en el pecho. Con el último aliento vio alejarse a Lesci bajo la estival tarde noche paranaense, ideal para ir a comer algo a la Costanera en familia.

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mamushka de sueñomos (sueños+gnomos)




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Anoche volví a hacerlo, después de casi dos años. No sé como decirte, fue una sensación horripilante, desesperante, de enorme ahogo… como si en algún punto del espacio intermedio el hilo se hubiera roto. Y cuando digo hilo me acuerdo, lo siento, lo palpo, lo lamo casi con frenesí, vuelvo a vivirlo ya restablecido del todo, en calma y con profundidad, intenso.

Pero anoche era un hilo marioneta. Uno de esos vínculos entre pescador y ser acuático que se manifiestan desde la alteridad de caña, de un lado, y desde la propia jeta rajada por anzuelos del otro. No sabría explicarlo, porque no era una relación desigual entre pescador y pescado. Era más bien como si de ambos lados los hilos terminaran en millones de ganchos ínfimos dulcemente incrustados en cada miembro, y luego un tirón, como una extirpación de pituitaria violenta y sin anestesia, un vacío palpitante en la contracurva superior del paladar. Un manchón negro en el pecho, a siete centímetros de profundidad, con límites desparejos y de tendones con sus hilillos desgarrados.

No sé si habrá sido la distancia, la sed emotiva, la atmósfera de la noche que pedía par, o una pesadilla malsana en plena vigilia. La verdad no sé. Sólo sé que estaba roto, suspendido.

Empezó a las nueve y media de tu lado de la noche, espontáneo, crudo, repentino. Miraba la luna y ecos laterales disonaban en todas direcciones. Después de bañarme salí a caminar porque no aguantaba que me entrara tanto aire puro, era la amplitud de garganta luego de la ablación. No sé cuánto duró, no sabría decirlo. Pero diría que cuatro horas seguro, como mínimo.

Flotaba dibujando arabescos en un remanso tibio y estancado en cuya superficie la luz de la luna también dibujaba a su antojo. Un desfile de días y de cosas y de gente, de verdad bastante indiferente, aunque de alguna manera tenían que ver con nosotros. Raro, no se deja explicar, como todo lo que nos pasa siempre: tan nítidamente claro que se nos hace inasible y las palabras naufragan cada vez que intentan acercarse al reino. Como si una marcha de incontables días detrás de un camino de hormigas nos ayudara a sitiar su fortaleza, cuando todo lo que hace es mostrarnos sólo algunas de sus puertas más externas. Así de indirecto, y por eso mismo más innegable, imposible de ser falsado.

No sé si andabas gris o lejana, apagada o apocada, triste o ida, en la cama o sentada en una vereda con la mirada perdida y la garganta cerrada. No sé si eras la isla, el agua, la canoa, el pescador, un hipocampo o ese mantel de cielo que aspiraba y empujaba contra el agua al mismo tiempo.

Cuando desperté lo recordé enseguida, no me había acostado boca abajo. Hacía casi dos años que no lo hacía. Entonces, entre las ganas y la duda, entre el sopor y un mareo, me quedé así, asido a los extremos de las sábanas para no caerme del pedazo de madera. Una boya suelta con un poco de hilo que colgaba sangrante y sus espasmos rojizos se diluían entre las fauces marrones del remanso, que sudaba copiosamente. Nada más quedaba esperar que los caprichos de la corriente me devolvieran a suelo firme en algún momento. El desfile funerario circundante sonaba a ramalazos tenues, y a dedos curtidos sobre el corazón desnudo. Un gnomo falaz que caminaba a los tumbos por un suelo fangoso que amenazaba mandar la balsa al fondo del estanque triste.

Todo volvió a la normalidad al amanecer, momento/proceso en que la luz disfraza cada contorno cierto con un manto definido, racional, firme, y exorciza cada duda en un chasquido. Medio ojo abrí nada más. Y un amague de sonrisa al ver que el gnomo asido a la madera eras vos en mi pecho, que sin querer me habías dejado un mechón de tu pelo en la boca, esos hilos...

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5 am





...pero ya desde las dos: sabés lo que fue despertar y no encontrarte? Errarte por minutos en la esquina, por milímetros de curvas infartantes a través de los cables imantados?

Ay, Shoe! Y quedarse, en vez de con tu integridad abismal absoluta, con las desquiciantes series salmón y lila que te ciñen el cuello como lo harían mis dedos, como lo hiciera mil veces con la mente, miles de versoveces, de veces besos, de verte verde venir viciosa a visitarme, a vaciarme de viles velos y buscar la tan arcana Hyspania de aquella última vez compartida en la esquina esta.

Sí Shoe, casi así, pero ya sabemos que las palabras naufragan en las afueras de los ecos más lejanos y sutilmente crepitantes del mar interno. Después de probar todas, una por una, más de una vez, dejé una de las salmón, la que besa con el gesto de decir secretos (Shoe6, pero quizá le hubiera quedado mejor llamarse: shoesix, shoesex, sexjuice, sexshoe)

Sabés qué?

Mirándola fijo un largo rato, el halo húmedo brillante transparente de tus labios se mueve un poco hacia los lados y de arriba abajo cada tanto; entreabren apenas una oscuridad interior que dura fracción de segundo, pero en un tiempo estirado hasta el sadomasoquismo, dejan adivinar un cosmos mullido y perfumado de paladar en las sienes, un crujir redondeado, un choque blando, blondo, blindado, al revés, blind blend bleeding; la oscuridad esa: embudo carcomiente, concomitante, invitación a perderse para siempre hasta que olviden su nombre las amígdalas.

Te decía que se mueven solos, que el halo brillante etéreo se espesa bastante lechosamente; que la mano que abriga el secreto ya no entra en foco y sin embargo es mucho más protagonista o arma o escafandra.

Sabías que a veces hablo con tus fotos? Fijate bien en el borde superior derecho, hacia la comisura, ese rincón arquitrabe vivo, sutil desmayo, fugaz y sediciosa invitación a la cal-miel. Ves como se van juntando, insidiosas en tu boca, las babas del viejo ajedrecista?

Y tener que salir a las tres de la mañana, para fumar y aire fresco y vuelta de página, un recreo. Un paréntesis perdido entre las solapas de la sedición. Pero no sólo salir, porque había que vestirse desde cero y garuaba; entonces la lluvia, gotitas mínimas, aliento frío antes que agua, gaseosa aún. Y los pasos trajeron las gaitas y las castañuelas alrededor del fuego que vela la vista de los alrededores, pisé tierra blanda y húmeda, olí el aire cargado con murmullos musicales musitados al oído.

Gaitas de viento y gluglú entre los huecos de las piedras, mientras caminaba. Me paré en medio de la división central de cemento de ambos cauces al llegar a la avenida (ves como parece un río de cemento? Es calle Almafuerte, con escamas que simulan agua y luces como de estrellas; podés verlo? Como trepa cuesta arriba y se curva a la derecha hacia el final? Las riberas son veredas y vidrieras, las canoas pasan a remos de caucho y circularmente iluminadas) y me sentí por un instante navegante; sonaba a mares lejanos y sedientos (una canoa se había hecho trizas contra otra por un error humano ante la luz roja de los ríos urbanos) olía a esta misma noche, pero más precisamente a la de hace dos sábados, cuando una hilera de calcio, como armadura, aparecía apretada por un abrazo rojo intenso, no tenso sino hasta su límite perfecto.

Quise devolverte la serie de besos, pero la tecnología también tiene sus fronteras, que se comprimen todavía más cuando uno la maltrata contra el suelo varias veces. Quise pagarte las monedas de oro que me dejaste en la base de la lengua to pay for this long trip…

Full long-ago trip in your eastern ship.

Pero como la electrónica fastidia, viste? ...te las mando en un basilisco bizco que quedó de guardia postal esta noche, entre los pétalos de la alive red orchyd; las vas a encontrar ayer en la quinta maceta de la planta alta, cuando por fin despiertes.

Ahora el agua alarga su vapor contra los vidrios, la mañana ya bosteza sus albores y entonces me estiro hasta el crac espinal. Tengo que irme un rato, también hay que ganarse la vida, no?

Habrás de levantarte hora y media tarde más tarde de lo apropiado; está bien; es sábado y la atmósfera destila vientos diferentes, más cansinos o liberados, algo como una tenue brisa festiva interior que no dura demasiado, solo lo suficiente como para olerla y dejarse sopapear a gusto por su guante de plumas y de seda a la vez.

Olor a infusión, a cenizas de sándalo y a cuadernos con vagos apuntes que quedarán esperando la vuelta de las horas ajustadas a la doxa, a lo ejecutivo, instrumental, obligaciones.

El recinto, en cambio, va insinuándose de a poco, tildado, colgado detrás de las murallas de la galería transparente que junta millones de gotitas nada más que para desarmar las figuras y tirarlas como millones de bolitas a este lado; se arma de a poco, casi como si afuera un cielo celeste fuera cargándose de coágulos de algodón, sutiles e irrefrenables. Con pedazos de avenida, corrientes de agua, con esos sonidos aéreos y las más lejanas imágenes que dactilan micropixeles destiladas por macropinceles, labios alados y ojos ecuestres; todo encerrado en la total y sencilla libertad de un circular índice derecho, para que lo conjures cada vez que te dé la gana, Princess Shoe on the rocks with diamonds...

Bye bye Shangai Baby, la de los ojitos chinos...

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perlas /II/





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un trono
tu nombre
almíbar de trenes
atisbos y abismos
que dejan soñando

/lo callan piensan y sueñan inconfesablemente/

yo le grito mi nombre
a tu nombre…

parto de angelitos

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perlas /IV/





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aunque tiemble el tigre todavía y duerma
y las lentas velas extínganse
ahora de cualquier modo
ningún vapor ninguno
ni pálidas cenizas
podrán apagar
tu nombre...

que se me desnuda en los labios

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viernes, 5 de febrero de 2010

aires de hoguera





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hebra de aire
y dejar de ser
perderse
para dejarse ser
a fondo

foráneo, aéreo y suelto
suelto mis pies insanos
lavandas lavan mi cara

suelto entre aquelarres invisibles
donde amanezco perfume a fuego
cuando las puertas se muerden

muerte
danos tres estrenos
y esta flor:
bautismo reciente de rocío

peregrinaciones-aire
sabor-sopor
que ahora mismo
sangre y río
establos entreverados

a pluma y plomo
revés natalicio
acabanunca

muerte: despliéganos

entonces encerrados
salimos a levitar en el lomo
del basilisco
que liba de nuestra nuca
tenaces tuétanos

hebras de aire
a fondo
los estrenos
y después paisajes
pistas
posadas
pisadas
que barcos
un poco empañan...
tu ropa interior tirada
y una muerte
desdibujándonos


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jueves, 4 de febrero de 2010

Cierro el cielo




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y mientras nos amamos

te llamo los cuatro vientos
a luengas lenguas te lamo
crecido de viajes
en tu geografía

un zumbido del fragor de fraguas
se demora en rabiosos rebotes
y estira el fuego absorto

duendes redondos
van y vienen incansables
por túneles de tul
iracundos exhalan
su aliento en los oídos

vaivén de mareas tempestuosas
continentes abstrusos
y plenos

depende

para volver a imaginarte
y a sentirte...
muchos recorridos
iterativos
acalorados
labios sedientos...

se disparan de arriba abajo y al revés
sedes oscuras espesas
y una luz ansiosa las abraza...

esperando…

las sombras apenas
dibujan contornos
inquietos...

curvados salobres
bien rojos
jugando a ser descubiertos
oliendo ganas y saliva
una calma desesperación
que quema nos congela...

invita a ser... o a dejar hacer

la abanicás
con tus labios
la hacés dados en mi pecho..
dibujás volutas
en mis mal paridas paredes...

volvés
y me devolvés
al laberinto
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miércoles, 3 de febrero de 2010

luces






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luce
luces...
sólo luces

piel sin adjetivos
porque todos…
y su aliento listo
sutil vapor que va por
médanos de mis tribunas

elisión total de atuendo
salvo la faca en su boca
amalgama de gineceo con centauro
y al alba pendulares caderas
detrás del agua

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lunes, 1 de febrero de 2010

el mamarracho





“El mamarracho” como le decía Julia con sus siete inocentes años cada vez que entraba y se apuraba a taparlo con un trapo, dominaba despacho de su abuelo desde la cima del mueble de caoba que había pasado de un primogénito a otro durante seis generaciones en la familia, junto con esa criatura.

Un mamarracho que sin embargo parecía tener su mismo pelo pero trescientos años antes; “los únicos dos con pelo azabache entre los Schenfeld”, pensaba Julia. Encima ahora hasta el flequillo que se le había ocurrido dejarle a su madre. Miles de historias se tejían sobre esa esfinge entre asquerosa y simpática de casi medio metro de alto, mezcla de Alf y gallo viejo, de víbora acuática y lombriz enorme. De pequeños se acostumbraron a esa presencia magnética y a la vez espantosa.

De hecho tuvieron que sacarla del almacén y dejarla allí cansados de la constante cháchara de vecinos, si era de día, y los parroquianos noctámbulos, que no se aburrían de adjudicarle estigmas de mala suerte. De alguna manera se las arreglaban siempre para conectar muertes y catástrofes naturales a ese papagayo deforme y ajado. Las versiones de su origen eran un poblado abanico desde animal mitológico y con poderes mágicos, hasta broma de un tío abuelo lejano, taxidermista, demasiado dado al alcohol.

Pocos sabían –o se hacían los distraídos- que don Jaime se encerraba cada tanto allí, pero no pensaban que fuera nada raro… y menos que esa cosa tuviera algo que ver en los encierros que en el último año se multiplicaban, algunos opinaban que incluso extraños ruidos, y Don Jaime no era de hacerse notar donde anduviera.

En verano Julia madrugaba y buscaba a su abuelo en el despacho, charlaban o reían un buen rato, después lo acompañaba hasta su cama y ayudaba con el desayuno. Así siempre, todo el verano, menos ese martes cuando encontraron a Don Jaime lívido y duro, las manos llenas de pelo negro, el mamarracho enfrente y más allá Julia, inmóvil y eternamente muda, como si su lengua hubiera muerto con su abuelo.



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tres anguilas una





Si unas horas antes, en el programa, nos lo hubiera dicho, creo que este pájaro de reloj en pecho nunca se hubiera posado al filo del cristal para mirarnos pendular así y hacernos uno. La omisión de las palabras concretas funcionó a favor. Mucho después, cuando la calma aquietó el estanque vacío de bolsillos fértiles, las palabras llegaron: meticuloso hormiguero depredador de los requechos en este acuario disperso.

Hacía unos meses que entre vos y yo habían ovado plugs de conciertos, cables de ganas e imanes. Ella no podía saberlo; quizá tampoco haya planeado sus pies en estas aguas, algo así como líneas que convergen inconcientes o el destino, las escamas que van creciendo.

Recién era el segundo día de nuestro nado y entonces ella, que nos había citado por separado al programa: tu tono altamente femenino y mi contraste. Nos sorprendimos al saberlo el primer día de nado. Fueron entonces sus hilos? Creo que ni nos dimos cuenta; pero ahora que pienso bien, me acuerdo de tus ojos destilando algo de algas, y se te notaban efervescentes los breteles del sostén. Llevabas sostén? También... semejante calor.

Después el convite poco concurrido, copas, distensión. Chau, un placer la visita, gracias por venir, gusto en conocerte; todos los demças se fueron, y tal vez un silencio de pocos segundos, pero más sólido de la puerta de su casa hacia dentro. Desde que cerró con llave, ya todo sonó a vidrios de acuario, a burbujas, a mucha agua. Dos huéspedes foráneos, vos más que yo; nadie más que los tres y un silencio ramificado entre las copas, lianas etéreas desde todos lados; al codo, a las muñecas, de las copas a los labios ya sin marcha atrás. El rey silencio una jungla cruda y su dedo índice mínimamente pidiendo otra ronda.

Ella me abrazó agradecida de que hubiéramos ido (lo recuerdo patente: dijo "...que hubiéramos...", no "...que hubiera..." … entonces quizá sí hilos y los pies mojados) y un contento nuevo se trepó a las piernas del verde rey, tirado en el sofá. Te miré, sonreías detrás de su abrazo. Estiré el brazo izquierdo a tu sonrisa que al llegar fue beso, muy cerca, casi contra su cuello. Beso medusa, guerra de pulpos, anguilas orbitantes y mareadas, miradas de costado por ella luego de que su cuello se estirara y su respiración se pusiera tibia, acuosa, y miraran sus suspiros a nuestras anguilas, su aliento y tu anguila, porque la mía en tu cuello; anguila inquieta.

Ciento cuarenta, noventa y ocho, treinta y siete anguilas rasantes se comían el piso, la moquette, el sofá y el reloj que nos miraba desde el pecho del pájaro trepado al borde del vidrio. El pájaro cíclope, un águila ungulada, deidad de las anguilas subterráneas que conquistan cada túnel, cada superficie, resbalando entre frutas de una verdulería carnívora completa. Las hojas de los periódicos que nos envolvían se nos tatuaban para desdibujarse y al final un gris lamido, virado de golpe y a golpes, de espeso a rojo occipital, también disuelto (bastante luego) en el estanque.

Fueron saltando todos los tapones del estanque: tapón serrucho, tapones cima, tapón epílogo. Explosiones y el agua, que se iba de a poco por los desagües, las anguilas corcoveaban cornalitos y cerezas, tal vez globos cuneiformemente estirados en un entorno de goma. Saltos tortilla, festín de dorados al aire mientras bajaba el agua. No sabíamos de donde había salido semejante maraña de peces. Y el águila nos miraba, águila y anguilas. Cada tanto bajaba y se acercaba, algún arenque glup (y eso que esos pájaros no comen estos peces).

El águila crecía y se alimentaba en el medio metro a que finalmente se redujo el estanque. El pájaro montaña que nos convidó sus cumbres y sus garras. Después se fue y vimos colgado sólo su reloj de pecho increíblemente agotado, acogotándonos. Los ojos ya eran de a poco humanos nuevamente y el reloj un abismo inmenso diluyéndose, un paréntesis.

Al programa no lo recuerdo. Cuando lo pienso veo estirarse un nudo retráctil, enjabonado. En cambio al taxi… cada detalle. Y la mirada atónita que preguntaba dónde a las dos anguilas chorreantes que lo abordaban. Al hotel, para coser este estrépito de escamas que nos ha quedado y embolsar las cáscaras de tanta fruta. Anguilas abrazos bañarse y dormir.



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radiografía --------------------------------------------/al amigo Manuc, por "Las pérdidas torpes"/


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quizá sea esta luna, más esta noche
más alguna piedrita vieja
en el zapato
que ahora me reclama alpinismos tardíos
y para qué

me conformo con andar descalzo
hasta que la arena del tiempo
coma y cure cada ampolla

dejo aquí lo bueno, allá lo malo
y aprenderé a aprender
la siempre piedra

jugábamos al pan y queso sin saber jugarlo
ignorando que no éramos jugadores
sino que algo llamado destino
nos estaba jugando a algo
donde todos pierden

entonces prefiero
respirar hondo
sostener con cuidado
este instante
en las manos
y descalzo tirar la piedra
a esta noche
hasta la luna

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varios días



... hace varios días ya que la niña no aparece por ningún lado. Me he sonado la nariz en repetidas oportunidades y revisado minuciosamente, he olido (huelo) pimienta para estornudar y verla aparecer en un spray repentino, reviso cajones, estantes y rincones; sacudo los libros que están bien abajo, abro las puertas del placard para sorprenderla durmiendo en algún jean doblado... y nada.

No es que no la vea, el tema es que a veces el ojo material también necesita de saciedades, cosas como un caracol, una manzana, esos menesteres básicos. Como cuando pica una oreja y es vital mojarse el bolsillo del saco antes de acostarse a dormir, o hay que rezarle a la vida una canción antigua para que no la olviden; rotar repetidas veces los dedos de los pies en orden de que todo vaya confluyendo finalmente en ese puntito exacto que se parece a un ombligo, el botón de alerta naranja que agita el avispero marip/rosaico y nos hace lamernos los labios en un gestito entre divertido y nervioso con todo y dientes.

Y más de una vez ha sido despertarse con su gusto a pana, los dedos llenos con su tacto de vidrio blando, de ruidos curvos, de crema moka. Y casi siempre ha sido dormirse despierto. No así, así: cerrar los ojos para estar más atento que nunca, seguir con minucia de lado a lado ese enjambre de pelusas o insectos que pululan en el interregno acuoso, en la frontera apenas, esa, entre ver y no ver, como amebas indecisas pero exactas, como respuestas en un idioma fractal, inasible, morado.

Consejo: para examinar mejor esos bichitos pulposos multiformes, conviene cerrar los ojos de frente al sol y dejarlos que hagan sus piruetas acordes a la dirección de las pupilas, en seguida uno se desayuna que al final los ojos son una pecera ojo de gato, un estanque encerado para arquitecturas líquidas, además de portal perceptivo, fuente de lágrimas futuras, la válvula de escape del dolor, algo así.

Decía que no aparece por ningún sitio. Abro las ventanas y las puertas antes de que el cartero llegue y recite a capella su amanecer ensobrado; a veces veo sus rastros tenues. A veces un incierto desorden de papeles, la botella de agua en la mesa, un suave olor a almendras tibias; también un escozor en el cuello, en la espalda, unas huellas húmedas de horma treinta y seis en el piso que salen de la ducha y acaban en la ventana que da al este, previas piruetas que se mapean locamente de allá acá.

Sigue sin aparecer. Qué lástima che, y estas ganas de verla hacen su caminito de hormigas irregulares, a la vez tan parejitas entre el paladar y mi almohada, una convocatoria sinuosa del carpo anular al talón atenazado por dos ristras de premolares blanquísimos y brillantes... es ella. Acurrucada a los pies de la cama, contra el alféizar de la ventana, chupándome el dedo gordo del pie izquierdo con la mirada... y con una sonrisa que murmura varios párrafos por ahora postergables, porque no se entiende bien lo que pregunta o dice cuando está medio dormida...


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domingo, 31 de enero de 2010

Mono-logueado en 3d (a dos manos!) CADÁVER EXQUISITO entre Elsa Gillari y Alejandro Cabrol





Interpretación digital sobre obra de Stuart Weston - (elsa gillari)



un desorden de pelo,
ramalazos de sonrisas
y curvas y diagonales
entre las calles insulares de los pulpos

devorando féminas a su encuentro
que no quieren ser devoradas, solo están aburridas
lésbicas caricias entre nalgas regodean
los minutos que se pasan por delante
desorbitando flujos en empedrados
la piel, lerdos efluvios nombran calles de arrabal
que lloran tangos y milongas
taconeos de un ayer
que serpentean mil futuros

en la internet
la red, venas virtuales
bit y bites como espejos alternos
windows abasteciendo cyber sex
pululan las web-cam
onanismo indirecto, imperfecto, impoluto
retrógrado y andrógino
atávicos deseos de subsuelos humanos
en vez de plenitud, de alas, de oler las miradas
autocaricias insatisfechas faltante del otro
una exasperante falta de saciedad propia
devorando un monitor gélido de manos ausentes

y después de los efímeros delirios:
amistad o indiferencia?
amor virtual...
caricias imaginadas por sangre ardiente inexistente
otra forma de comida chatarra para el cuore
otro abismo al revés, sutiles trampas
que intoxican el alma
pervierten los sentidos finamente creados

tedio en vez de remedio...
pero que más hacer con el sucio tiempo?
atemporales son todos, nada cierto se miente
se refugian en sus miserias
escondidos en baúles polvorientos
la red: ¡gran invento!

laberinto virtual donde se vengan del desamor
y vuelven a desatinar el camino verdadero
creyendo (ellos)
descreyendo (nos)

psico-pc ultimo modelo sofisticada generación
de inaudibles gemidos auténticos
motorcico, hocico roto made in malaysia
espejitos de colores SXXI
y DVD toda una suit
un importante jeque
propietario de mujeres internacionales
solo nos falta el plug en la nuca para ser Neo
un jaque al jeque!

amarillas ébano, níveas
y en el falo cableado telefónico
wi fi genital, sutil encierro





Elsa Gillari y Alejandro Cabrol
*todos los derechos reservados


..................................



El “cadavre exquis" nace con el surrealismo. Es una técnica de escritura en la cuál se ensamblan un conjunto de palabras o imágenes. Se juega entre dos o más personas que dibujan o escriben una secuencia compositiva en forma individual. Cada persona sólo puede ver lo que escribió el jugador anterior. Se combinan así ideas agregando elementos que componen una idea única elaborando un texto que no necesariamente debe ser sobre la realidad ya que el inconsciente cumple un rol importante

panóptico




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he caído de nuevo en los dominios
que llenan de arena de oro
mis tobillos

policromías pancrónicas
parecen pasearse
por palabras propuestas
para puertos,
parafinas, portapulpos, plumas pendulantes
preciosos premios

así y todo,
un cardumen se obstina en habitarte cada tanto
aquí y allá

algún árbol que silba tus sendas
se inclina a saludar la tarde
moribunda

sonidos sacros, señales

peces que se espejan en las retamas
de anteayer...
o son miradas del mañana?

quién podrá saberlo...
mientras tanto huelo el aire
y un ondular vibrante
suele susurrar secretos sempiternos
a la sombra de los cedros

se va muriendo esta tarde
y no tiene quien la entierre,
ninguna autopsia,
nadie encuentra el cementerio
de los elefantes

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sábado, 30 de enero de 2010

azul 5 /de la serie "daguerrotipos desde adentro"/




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fundir el cosmos desigual
entre los dedos
negros de savia
y con esa miel tejer
telas sutiles

horadar sin dolor
el verdor velado
donde anidan lerdas muertes
de cadencias recientes
que adornan los ojos
almidonados
con chispas jamás voladas
mientras la noche nos sopla
sus fabulosas maquetas
entre esta luz apagada
y un zapato que se cae al piso

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viernes, 29 de enero de 2010

minutos




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hay minutos que suelen
salirse del cielo
espejuelos
azulejos
miles de lingas cada chispa
cada una
una mano abierta
del cielo al suelo

… y después palomas…

jaurías picudas
sedientos plumajes
asedios del tedio que cabe
-y tal vez no acabe-
en los lagrimales

las suelas del cielo
que expiran y explotan
pero sobre todo esperan
su vuelo perpetuo
de un minuto
en la arena del silencio
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albor




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este albor
itinerario incinerante
cuando cúpulas copulan
púas infinitesimales

un albor de árboles

sus tenues torrentes
laten ramas redondamente
que nos abrasan
....................z..

auscultar
fragmentar
diseccionar
cada verso para vos
y tenderlos en el aire

a fibra y olfato
segarnos sin saña
ni apuro
ni espera
ni demora
y desnudos de voces
palpitar lo verdadero

albores
desangrar
cada verso en vos
y tenderse al viento
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domingo, 24 de enero de 2010

escuadra alada (army on me)




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basta un par de oblicuos ecos
de aquellas púdicas alas
algodón e incienso
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hasta apenas una pluma basta
para dejar en la frente
el mapa intenso
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dilata sus ciclópeas naves
la armada celeste de la tarde
sobrevuelan el ecuador
disparan
y dispersan paraísos en la cara
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voilà



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ataviada de eternidad
aras de sonrisas tristes, así
y un mutismo curvo azul alado
pegado a las lágrimas inenarrables
que jamás liberaremos, porque son el alma
el alba, las borrascas, una espera entre palabras
-------------------------- o las palabras que esperan
viento a favor
para seguir
volando
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mi amor...





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un jueves rojo
de golosinas
agua campanas murmullos
faros que limpian
por dentro
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este candy jueves
de los labios hasta el fondo
por pasillos de una tarde
hasta que la piel nos vocifere
sus obtusos secretos
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miércoles, 20 de enero de 2010

guindas y espasmos




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la tarde olvidó sus dedos
en la espalda de esta noche,
estela que surca el cielo

susurro de grillos, donde
mil preguntas pregnantes prendo
y el negro abismo responde:
“rotundos silencios
repletos de labios”

descansa lo e(x)terno,
las formas se esconden
tan hondo dentro

intuyo los bordes
del sol de este sueño,
sus sombras recreo, aromas de monte
tan sutil y extenso
de guindas y espasmos

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escribir

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arrinconarse con tabaco y yerba mate
suficientes
atinar aquel aleph
-este soplado vestigio luminoso-
y raro y lerdo y quemarse
.
encerrarse,
que el pelo crezca hasta el piso
un envejecer de ojeras a gusto amargo
.
y salir ya viejo y arruinado
con los mismos ojos encendidos
del principio
con todo al hombro
terminado
.
en arcones de páginas
.
suerte de trampa que cace vivas
a las tórtolas palabras
-la andanada entera que haya transitado el alma-
.
paraísos perdidos
y el mismísimo infierno,
un abrazo a la gente que vale la pena
y un espeso glorioso sagrado escupitajo
en la cara de los imbéciles
.
en algún rincón
burdamente crucial
del planeta
.
aturdirse de silencios absolutos
y lamer pies de papel
de nueve musas
.
desgarrarse por dentro sin que gota alguna sangre
ser feliz con nada más
que aire
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romperse hasta lo indecible
reírse de lo impensado
y dejar que el viento
arrastre las cenizas
al hueco adecuado
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DE

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dónde dejaste derramados
débiles dobles destinos?

de dónde destejés duendes dormidos?

decime dulces destierros desde dentro
después de deslibarnos
danza y diente

entretanto, entregás especies enteras,
elaborás elementos espaciales en el este,
exiguos estupores estivales
en estantes esperan
endosarse en esas esquirlas extrañas
------------- en el éter
elucubrar el enésimo erigirse
en el edicto estéril
espeluznante

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¿Respuestas?

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Después de tanto andar por tantos lados
buscando enloquecido entre la bruma
la pócima vital que Moctezuma
soñara en su primer ritual sagrado,

sé que no hay preciso resultado
a esta anti aritmética suma;
ni frase, ni mensaje que resuma
(pues las musas no atienden los feriados)

la solución feliz para la vida.
El amor, la pasión, gente querida,
puedan darte, quizá, claros motivos

a las zozobras propias de estar vivo.
No existe el secreto definitivo:
cada uno reacciona en su medida.

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domingo, 17 de enero de 2010

Avíos




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en tu nombre mojar mi pan-cromosomas
y que saques de tu pecho
el punzón gelatina de mis rodillas

sernos merlot y velas en invierno
agua fresca en las muñecas del amanecer
otra mirada más húmeda que ésta
y llevarse las imágenes
como avío

una caricia criminal
y la flor eterna oler
para no olvidar…

y para ensayar el rompecabezas
de mi adn
he estirado tiempo
ovillado en tu piel
con microscopios de olfato

las insulares marismas
han venido luego
a gritarlo todo
.
.

L l u v i a



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súbese a besos
sobrados de saliva
tu reino lluvioso
por patios molares
de terrazas postergadas
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más allá:
vidrios picados a gotas,
bromas de luz
que apenas habilita algunos haces
por las rendijas relegadas de esta tarde
.
más acá:
susurros precarios
piden permiso entre las rodillas
o ponen su grito en cielos de suelo mullido
.
lleva la lluvia
collares traslúcidos
a los cuellos rojos,
y sinuosos mapas al aire par
como ramitas de ruda o de frutillas

llueve, vos y yo,
poco importan las puertas
todo nos es cosas muertas
o flores secas
de la lluvia para allá
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viernes, 15 de enero de 2010

Knock turno




*
*
*

este silencio cegador
de madrugada
sangre negra que me envenena la lengua

un paseo de dedos
por tu espalda
sin despertarte

dejar abiertas las ventanas
oler la noche
y sorprender ahí restos de tu sexo

indefensa a mi derecha
tu piel habita el limbo festejado
y frágil y desmedido y demasiado

*
*
*

miércoles, 13 de enero de 2010

Blanco




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mirar de frente, llenarse,

respirar tan hondo que duela

y cerrar los ojos plenos

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tanto

voy

por

los

abismos

que me quedo

suspendido, mareado

pastosa la lengua de tu censo

piel tirante de venas, de vinos en vano

una borrachera de iconicidades sinusoidales me prestan

los brazos de una muerte segura lerda y breve tras los párpados

.

hasta mañana

que no puedas dormir...

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igual que yo
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martes, 12 de enero de 2010

1782 (25/05/09)




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una puerta me despierta
tan tarde
que es temprano de nuevo
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abanicos insidiosos rescatados de octubre
llorados de luz
alguna vez serán horadados
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el vidrio se empaña con las palabras
fugaces y fugadas
fundantes
(fundas de diamante)
.
se empeñan las palabras vidriosas
en carcomerse
/me
/nos
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alertas
distantes
y nunca llego
.
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1780 (24/05/09)




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hay una esfera azul
incandescente
entre tus manos
tus ojos
no se ven
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la dejas caer
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(siglos en llegar al piso)
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el impacto trasunta
las esquirlas
en millones de hormigas voladoras
que a su vez
mutan en otros seres al rozar algo
.
después se reúnen de golpe
obedeciendo mudos mandatos
y un secular bedel de la puerta cero

(creo que dice llamarse Urigh...
pero no se oye)

suspende a la altura de su frente
una luminosidad confusa
que me despierta de tu cintura
.
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sábado, 9 de enero de 2010

Poemarrados

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mojada y desnuda, como ida
va por en medio de los negros escribas de cartón
de antaño
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sus levitas sudan, brillan sordas flamas sus botones
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claro
después de todo ha dejado los dedos de sus pies cavos
grabados en las gravas de las orillas añosas
apenas dos segundos
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su perfume
(perfecto perro)
lo borra todo de un soplido
nada más que para privar
a la vista del mensaje
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ella es así, nunca para
costumbre de continuo atardecer en su aliento
peregrino
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tuvieron que guardarse
plumas y tinta
otra vez
.
jaulas insuficientes
para tanto
encanto
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Hormigueo

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hormigas mínimas caminan
mis venas,
donde repta tu nombre
entre sonrisas y hay luz esparcida
a cuatro vientos
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repica el sueño de anoche un par de veces,
ronda tu garganta y anida ondulado
en las mariposas del volcán,
ciudad capital:
tu ombligo
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tu sabor de fruta
y un aroma a almendras
me empapelan perennes
palabras
en podios del paladar
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me tiendo entonces
a entonar
tremendos truenos
metiendo la lengua entera hasta la garganta
del silencio que me inunda por tenerte enfrente
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viernes, 8 de enero de 2010

Blanco y negro (Leyenda urbana)

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Cuando era chico me la pasaba fichando de reojo el paso de Soraya Bande, nieta del dueño de la tienda de la otra cuadra; llamativa morocha de mi edad con ojos miel que había prendido su foto con alfileres detrás de mi frente, a quien procuraba acercarme con burdos pretextos. El problema era que los rigurosos planes que pergeñaba con enorme antelación se disipaban en el instante mismo en que ella entraba en mi campo visual y eran suplidos por rebeldes temblequeos.

De tarde, esperaba a las seis el desfile del portentoso regreso de su impecable delantal por la vereda de enfrente y los domingos fijaba cada detalle de su atuendo para repasarlos la semana siguiente. En fiestas donde nos veíamos creí advertir algo en su mirada; quizá imaginación mía. A los quince vivimos un idilio que nos hinchaba el pecho, en el que apenas hubo tiempo para censos de tacto y olfato. El miedo multiplicaba estrenos de labios insuficientes para albergar tanto gusto entre zaguanes tardíos.

Debí mudarme de repente a otra provincia. Doce años pasaron hasta que volví. A poco de regresar fui a un baile. Junaba el lugar cuando una silueta ocupó mi atención. No la había enfocado todavía y un escalofrío de nostalgia aceleró mi pulso. Me acerqué a ver si era Soraya, tardó unos segundos, rió como antes y dijo mi nombre como solo ella podía.

Tomamos algo y a la hora de irnos la acompañé por la noche serena, ideal para tamaño reencuentro. Como aún vivía con sus padres, calculé que todavía era soltera. Al sentir la madrugada fresca me quité el saco y la abrigué, gesto que agradeció. Hicimos el último trecho entre instintivas sonrisas, medias palabras y más locuaces miradas. Nos despedimos como antes, obviando los primeros pasos de la danza del cortejo, cuando no se sabe si se pisa sobre firme, con la alegre confianza de pudor ya vencido en una antigua relación.

Dichoso por la suerte de verla sin haberlo buscado, pensaba en el destino y tuve frío; se había llevado el saco. Buena excusa para volver a verla. Desperté sin peso, lleno de fácil felicidad adolescente. Mi hermano tomaba mate antes de ir a trabajar. Amargos mediante le comenté que había estado con la turca Bande en el boliche. ¿Myriam? No, Soraya. Por toda respuesta, rió a carcajadas mientras juntaba sus cosas. Todavía se reía cuando traspuso la puerta y estoy seguro que el ronco bufido diesel del De Soto escondía de mis sentidos su risa todavía.

Salí al barrio y llegué a su casa sin querer. Una vieja desgreñada y de mal humor me azotó la puerta en la cara al preguntar por ella. Quedé tan desconcertado, que un anciano me preguntó si me sentía bien. Le conté. Dijo que era absurdo porque había muerto hacía un año. Describió su tumba para que lo comprobara en persona. Poseído, corrí al cementerio. Traspasé veredas, rejas y pasillos sintiéndome un lunático. Abordé sin aliento el lugar preciso. Antes de leer su nombre, vi mi saco abrigando su sonriente retrato en blanco y negro.
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Danza de las plumas de agua

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…todo era un poco así, y cada tanto algún ladrido de perro perdido a lo lejos en la noche serena. Ir caminando por un patio colonial desconocido pero familiar al mismo tiempo, asomarse al aljibe, y en lugar de un mirarse al espejo de agua mansa, ver las estrellas como un cardumen de diamantes inquietos arremolinarse parsimoniosos para irse cóncavos por un sumidero enorme, como haberse lavado la cara en una fuente al revés y negra. ¿Era agua o cielo? Lo mismo, parecía adrede; pero de un momento a otro creía ver más allá del agua. Donde hubo barro había ahora piedras coloridas con algo de cantarinas, no sabía bien por qué; y allá, bien abajo, algo que bien podía ser espesa sangre oscurecida por el torrente subyacente y multiplicado entre las napas. Entonces le pareció verla nadar en la napa contigua, alegre, única, dispuesta. Le sonrió apenas mientras se miraban y fue un diálogo atávico lleno de coincidencias y proximidades, de tibiezas y ternuras y entendimientos. Se dejó guiar de la mano y sin contacto a la vez, engrosar juntos el dócil caudal del paseo durante algún tiempo que pareció milenario; brotar de una bomba como cascada en miniatura; gotear del brocal fuera del cántaro empuñado por una niña de campo; vaporizarse y volar arriba con el calor dorado de la comarca; congelarse luego a la altura de las islas níveas diseminadas en lo celeste. Se dejó arrastrar por caricias ventosas que arrostraba alegre, con dulzura y pertinacia; se dejó llevar con ella, que se dejaba llevar por los sistemas naturales. Una noche llovieron en una acequia aledaña al pozo en que, sin saberlo, se había ido a mirar solo para verla y cederse juntos, juntos a los caprichos líquidos y telúricos de aquella melga del trigal, que en la caída (más un grato flotar) se veía como un diamante dorado sobre el que iba una flota interminable de fertilidad y olor a azufre, a tierra mojada, a cosecha de pan tibio y vida en familia. Fueron desgranados ambos en la molienda y también juntos entraron al horno. Se tostaron allí como al sol, pero sobre lenguas de maderos al rojo vivo que restallaban furiosos, y también eran un poco de agua, igual que ellos; luego livianas migas en picos ligeros y palpitantes hacia estridentes nidos de horquetas estratégicas; por último plumones que el viento empujó como testigos de esas noches de patios coloniales y aquel aljibe estival, todo casi siempre un poco así, y cada tanto algún ladrido de perro perdido a lo lejos en la noche serena...
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Mamá muñeca

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María mira desde la cocina a su -ya ajena- niña, alzada apenas algunos centímetros del piso, declamar retos con su infantil tono gracioso. Su tamaño parece triplicar el fingido enojo para con su muñeca, a quien recrimina con un encono, que es más caricias, no tomar la sopa con fideos antes de que se enfríe, luego de la obsoleta amenaza de mandarla a la cama sin postre. Los trastos plásticos suenan a mundo en reciente pero constante formación, mientras sus ademanes en el aire desnudan una realidad de mentira, innata capacidad que desgraciadamente perdemos con el tiempo y revelan en el niño un poderoso reino sin final ni reglas tridimensionales.

Después se fija en la muñeca retada; María piensa que es un poco como su hija: ese vestidito impecable, un collar de falsas perlas, el pelo tan brillante como otra fantasía, casi propia.

La niña sofrena el reproche, mira de cerca a su bebé muñeca, le sonríe, la toma en su regazo y la arrulla hasta que se duerme. Se levanta con el mayor cuidado de no despertarla y corre a los brazos de su madre, ignorando haber sido otra durante el último rato de rol materno.

Sacude en el aire a su hija, le da vueltas de casera calesita, oliendo su cuello, su cabeza, andando un territorio que a menudo esconden los relojes y las insensatas obligaciones que obedecemos, de la misma manera que los elefantes olvidan la incapacidad física del hierro de seguir atando su cuello de la soga al piso, dentro de la carpa circense. Con ilógico asombro se redescubre aun niña en la sonrisa propia; y se le ocurre pensar si no será también ella misma aquella muñeca, aprendiendo el indoctrinable oficio de ser madre.
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Muñeca roja

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Corina ocupaba un dos ambientes en el tercer piso de un edificio céntrico mientras cursaba medicina. Al irse a Rosario mató dos pájaros de un tiro: construía su futuro y se alejaba de su familia.

De su padre tenía vagos recuerdos. Había muerto cuando ella tenía seis años. Eva, su madre, al haber decidido mudarse con Esteban cuando ella tenía doce, le había roto el corazón. Algo ya había presentido entonces. Dos años después sufriría la primera intrusión de las tantas que seguirían. Se cansó de darle indicios a Eva. Nunca se lo dijo porque ella no le hubiera creído. Al acabar la secundaria le habló para que lo convenciera. A él no le quedó otra salida que aceptar la propuesta, por la carrera de la nena.

Ahí podía ser ella, manejar tiempo y espacio con plena fruición, y de a poco, ir dejando atrás tanta mierda. Casi ni volvían las penosas pesadillas.

Evitó ir a su pueblo para el receso invernal. No previó que Esteban se aparecería sin avisar, un viernes al anochecer, con diabólicas sonrisas de venganza, dos cervezas heladas y ganas de poner el marcador en cero. Fue la más atónita de su propia frialdad. Sin resistirse, se las arregló para diluir en la bebida pastillas fáciles de conseguir en los boliches, falsas respuestas provisoriamente liberadoras. Mientras le servía, hasta se atrevió a sugerir innecesaria la incómoda protección de látex que atenuaba el placer.

La mezcla de líquidos, químicos y dos rounds seguidos lo adormiló mareado en el sofá cama, entre exiguos lujos de los que se sentía dueño, ya que los había pagado, aunque que entre esos derechos no figurara el que acababa de ejercer.

Viciada y vacilante, fumaba en el balcón llevando a pecho turbias ideas. Ni las pastillas con el alcohol y el tabaco juntos podían sustraerla del asqueroso olor a húmeda suciedad dérmica, que además de endurecerla por dentro, sumada a los recuerdos, le provocaba accesos de náusea con la mirada perdida hacia abajo. Que se la arreglara para explicar todo aquello. Una vez enfocada en lo gris, esbozó una agria sonrisa buscando besar el plomizo asfalto que fue cielo y solución y final… O principio de algo más puro, de algo que desertaba esa patética muñeca informe, a oleadas teñida luego de rojo por las luces de las sirenas que llegaban.
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Límite de montaña

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El encargado vino a buscarme a la orden del plazo irrevocable. Como nunca me miró, no pude distinguir su rostro y aunque fuese previsible, me pareció lúgubre que vistiera de negro y ni siquiera se dignase a dirigirme la palabra. Es extraño saber desde el primero que éste día llegará y que al suceder, sorprenda.

Absorto por mi propio letargo no hubo tiempo para nada; la sorpresa de lo inesperado abarcó todo cuando su oscuridad me indicó seguirle. Mientras, pensaba que uno planea demasiado, concierta inciertas citas… nos vemos che… el mes próximo viajo a visitarte... listo, la semana que viene te llamo y arreglamos… y bajo la óptica de este instante esa actitud reviste una indiscutible indolencia o, como mínimo, extrema desconsideración para con nuestra propia finitud. Entonces, sabía lo que debía hacer sin que lo manifestase explícitamente, como si hubiera un código previo entre ambos.

Ignoro cómo fuimos de mi casa, de donde me buscó, a una bucólica loma húmeda donde amanecía. Subimos una colina de recuerdos de a ratos escarpada, a veces llana; el piso de la cuesta alternaba entre césped cual mullida alfombra, e incisivas piedras volcánicas que por poco no impedían avanzar. El descenso, en cambio, fue más parejo, más cómodo, con variados paisajes de amplios panoramas, como sospechaba.

Al ocaso, el fin del tránsito por esa montaña fue abrupto y súbito. La marcha toda cupo en un parpadeo y me devolvió a mi cuarto con una clara impresión de deja vù… y la casi seguridad de nunca haberlo abandonado. Al mismo tiempo, al margen de mi voluntad, estaban los rostros y la presencia de seres esenciales en mi camino, hasta ahora sin poder captar si en señal de recibimiento o despedida.

Y la sombra me enfrentó de lleno, mis manos tomaron mi cara, con el mismo gesto la arrancaron y se la dieron como si fuese un trapo sucio mal almidonado, una apócrifa careta carente ya de propósitos. Antes de ocupar este inerte vacío en el silencio, lo vi guardar sin cuidado entre sus ropas los harapos que otrora fuesen mis facciones, inaugurando la disgregación gradual de mi existencia, que se borrará del todo cuando el último que guarde memorias de mí, también deje para siempre esta montaña.
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V. M. M. (véme M)

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Miguel salió de casa como se había ido antes varias veces, hastiado, resuelto a no volver. Con el bolso al hombro hacia la comisaría, pensaba que los turnos de doce por veinticuatro le darían aire para razonar, pero en rigor solo eran una inconsciente sucesión de prórrogas, una refleja defensa interna contra las frecuentes amenazas de inminente soledad.

Llevaba seis años con Valeria. Los últimos meses habían sido ríspidos, como si se hubiesen mudado con ellos espectros asechantes que creían haber dejado atrás. Ella exigía dinero y atención entre otros ítems que él juzgaba bobadas de mujer e iban inflamando insidiosas mechas de violencia.

Antes, Miguel paliaba sus traumas hablando con Marcos, evitando ambos el analista. El consultorio era cualquier bar donde sirvieran el diván bien frío. Haber compartido años inocentes, la transición a ya no serlo, (cuando ambos se fijaron en Valeria -la Venus del barrio- y ella eligió a Miguel) e instrucción militar, les confería lealtad ciega. Pero eso había sido hacía mucho. Casi no se veían. El corte fue aquel operativo cuyo éxito hubiera promovido a Miguel a comisario, cuando halló un centro clandestino que conectaba drogas y prostitución a gran escala, e implicaba a un edil de esferas nacionales, quien, en apuros, obligó al jefe policial armar una cortina de humo a favor de su impunidad. Marcos fue martillo del inescrupuloso jefe, a sabiendas del perjuicio que obraría en Miguel. Aquel famoso escándalo catapultó a Marcos a una selecta elite de privilegios, dinero negro y carta blanca en la corrupta parafernalia, y a Miguel a una seccional de cuarta, con la insalvable cruz en su foja. Al tiempo supo, y nunca perdonó. Que Marcos ostentara su intocable status no evitó que le bajara un diente y estampara una notable cicatriz nasal, saldando la traición.

Alternando operativos, relevos y legajos de un lado a otro, Miguel acababa extenuado, y esa lasitud psicofísica volvía a torcer su eje emocional hacia Valeria, la mujer que lo subyugaba cual múltiple imán obsesivo desde la adolescencia. Volvía como si lo que había pasado antes de irse nunca hubiera sido, con ímpetu para luchar por la débil llama que los unía en dispersas felicidades, trataba de obviar la nociva cara de la moneda, sobrestimando el insípido valor de algunas horas calmas que la escasez de afecto exaltaba a rango de amor mayúsculo. Algunos días se secaban en silencio, y muchos entre gritos y portazos de litigios que se cobraban piezas ornamentales, sisando de a poco la decoración de la casa.

Ese día, cuando volvió a casa, Valeria se bañaba. Miguel se sacó el uniforme y lo dejó en la cama. Entredormido, la oyó hablar, reír distante. Cuando vino a él, la exploró con las manos. Cuando despertara del todo, la cópula heredaría esos juegos previos. Cobró plena razón a roce cutáneo, ya la oía nítidamente, y notó restos de un pregón foráneo en la charla táctil, inciertos silencios entre verbos que no creía haber dejado en esa boca, como si ella trajera flores de un prado que no les pertenecía. Un clic alzó su torso y mandó a las manos sentar encima, de espaldas, el otro cuerpo; memorizadas distancias atinaron la puerta del enlace urgente. Algo disonaba en ese orden. Sentía ajenos, lejanos brazos abollar aun la piel de ella. Sus dedos, radares milimétricos, repetían el análisis intentando sitiar al tercero. El olor del pelo lo denunció; sin los ojos veía recientes tactos grabados en la espalda, pliegues de pretéritas caricias que colgaban entre su cuello y sus senos; y esa mezcla de sentidos y supraconciencia que revelaba al intruso, hasta hubiera podido reconstruir en detalle poses y gemidos. Un súbito rencor postergó al letargo, mientras redoblaba el furor de las embestidas. La ubicó de frente a él sin dejar de penetrarla. Hubiera jurado que transformó su cara el último instante, que de espaldas musitaba el nombre del otro… ahora, sonreía. Ese rostro demostraba goce, pero del fondo, desde su capa más profunda e inocultable, afirmaba tácitamente que jamás sería del todo suya.

Hechizado de lúbrico agite, al borde del abismo, le gritó si Marcos se lo hacía así de bien, así de hondo, hasta el alma; como ella prosiguiera sorda y a la deriva, se quejó: ¡Por qué! ¡Por qué!.. El olor de esas otras manos en la espalda de Valeria punzaban tanto sus sienes, sus oídos, que debió cerrar los ojos y apretar los dientes con fuerza bruta para conservar la cordura.

La risible figura de durar usando su arma hasta matarla de placer, le recordó su uniforme, ahí al lado. Frunció un vergonzoso borrón de sonrisa rumbo al clímax, viéndola a los ojos confirmar la atroz sospecha, mientras Valeria extendía velas arrastrando ambas barcas a puerto. Aun no amarraban cuando la bala brotó del tórax de Valeria y entró al pecho del autor del disparo, dándole quince minutos de agonía suficiente para evocar todo, vaciarse de fracasos y de fluidos, todavía ceñido y empapado por la tibia inercia tiesa de quien amaba con locura.
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Partida

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¡Era ella! Estaba seguro. La sintió a través de su espalda por todo su cuerpo con un breve hormigueo y su inconfundible perfume.

Hacía un año que cada domingo transponía las solemnes verjas coloniales de ese lugar donde el tiempo se niega a transcurrir, reiterando el camino memorizado. Hasta jugaba a ir a la parcela con los ojos cerrados. Doce peldaños abajo, final de la escalera; cien pasos a diestra, otros quince retumbaban a través del pasillo, cuatro más torciendo a la derecha, veinte a la izquierda, ya sobre el césped y abrir los ojos. Ninguna sorpresa.

Nunca había superado esa sensación bochornosamente ridícula de llevar flores que pesaban más en su cara que en las manos; quizás por no haberlas regalado a tiempo. Como tantos otros gestos diarios soslayados en su momento y lamentados cuando es demasiado tarde para obrarlos.

Allí lo invadía una desazón que lo mantenía tenso el resto del día. Le agobiaba no haber vuelto nunca a sentir su presencia; ni haberla soñado siquiera. Ahí sentado monologaba tardíos diálogos. Ella lo veía y oía cada vez, sin juzgarlo ni poder manifestarse, incapaz de transferirle la inmensa paz que disfrutaba o su franco perdón, tan profundo como incorpóreo.

Él le hablaba como siempre, con la mirada ida, alternando charlas inconclusas con noticias de cuando ya no estaba. Y de repente…allí estaba. ¡Era ella! Estaba seguro. La sintió subir por su espalda, traspasar su cuerpo un segundo de fugaz hormigueo helado junto a su inolvidable perfume.

Espontáneas lágrimas rodaron por su cara humedeciendo el virtual mantel de mármol para sus citas. Lo que él no supo y ella advirtió, pero debió olvidar pronto, fue que mientras esas lágrimas se secaban en la piedra, otras gotas, fruto esparcido por amor de pareja, la engendraban en un nuevo vientre.
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Inexorable

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(Prosa poética dedicada a Félix García, y a quien esté atravesando períodos de sequía)

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El memorioso emisario de las musas afirma con hondo pesar, al círculo íntimo, estar seco de voces. Mientras lo dice, su mirada cae con rigor pétreo y un hondo suspiro lo vacía. Lamenta que sus días se gasten en silencio, atemperados apenas con familiares y letras de amigos que la vida ha sedimentado. En los peores momentos juzga insuficiente ese abrigo para la insoportable crudeza del invierno que debe enfrentar solo.

Los del jueves esbozan sonrisas de padre, alternan su rol unos momentos, lo consuelan; con paciencia le recuerdan que tal cosa es imposible. Le cuentan de Agamenón y su ejército sitiado por el hambre y los infieles, al pie de la montaña, cuando le bastó una sola palabra para que ésta se abriera y los salvara de la muerte. Sus huestes jamás la repitieron, pues su poder de fuego era privativo del gran Agamenón. Y del fragmento de las escrituras: “Una palabra tuya bastará para sanarme”.

Hay épocas de sequía, le dicen, como si él no lo supiera; sucesivos ciclos complementarios de día y noche precisos para convivir en armonía. Dolientes, sí. Quizá demasiado prolongados intervalos.

El sabe de sobra que mirarse al espejo es lo opuesto a verse; que para ver en serio hay que cerrar los ojos e intuir arcanos corpúsculos tras los párpados. Quiere, elige seguir volando, mas se siente abatido. Aunque la secreta impresión sea la de ya no pertenencia al estrato puro donde se arraigó, a ese nimbo que le fue predestinado desde su alumbramiento. Como si fuera una incierta intuición del cercano final. Mientras, observa con incredulidad los mojones que ha sembrado en el camino; algunas veces como a débiles cenizas del victorioso fuego a través de indómitas lágrimas, otras con sencillo pero profundo orgullo que eriza la piel. Le cuesta reconocer que esos cisnes perlados o aquellas ardientes epifanías de singular belleza sean de su propia creación, si ni siquiera ha precisado barro o polvo para animarlos, sólo un inusitado bache de aire y poca tinta han sido suficientes.

Llegará, como siempre al fin llega, un día cualquiera en que la chispa arderá: de una azarosa imagen, una mirada, un aroma (lo mejor de la chispa es que nunca se sabe cómo surgirá). Primero será una melodía que hacía tiempo no tarareaba, después un calor en la cara, en el pecho, en las sienes; cierto sudor en la palma de las manos y gota a gota, un torrente de palabras irá mojando rituales páginas con sangre cósmica, mientras en la espalda resurgirá el casi olvidado escozor de mágicas alas, regresando todo a su lugar.

Hay épocas de sequía, le dicen, como si él no lo supiera. Dolientes pausas multiplicadas por la inexorable herrumbre del tiempo. Claro que habrá un último espacio entre la última oda y la despedida final, pero éste no lo es, ya verás. No hay silencio en ti; olvídate del silencio, Félix.
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El mar

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Como los años le habían enrulado los ojos y habían sido generosos con su pecho aéreo hasta la ignominia de ese aciago día, se dedicó a diseccionar amaneceres con prestancia de alfarería y precisión cirujana.

Daba vueltas a la cabaña del valle cual augurio de túnica mal tejida apenas blanca que la tarde grisácea desgastaba. Vagas hebras esas, diabólicas babas en mejillas insuficientes para tanta amargura aguada.

¡Tanta humedad! Manadas de mínimos arco iris borrosos se encendían en cada frente, por cada fuente; bufaban bajo tras puertas y ventanas.

Eso no era amor, él no salía a ver la lluvia con sol afuera: solo oía rugidos y susurros, el bien conocido llanto. Él, taciturno y apocado y poca cosa él, nacido de aquellos ojos que no olvidara ni cuidara, ahora fondeado y frondoso adorno primero del nuevo mar, surgido y muerto por el viejo amor.
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miércoles, 6 de enero de 2010

Uno por cinco menos uno allá arriba

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Afuera un piar par, como de garras acechantes; eso mismo, a la vez un ruego, dentro, tan tenue como inútil. En el recodo de la rama y el barranco, tan seguro que parecía. Solo dos de cinco hicieron con los ovales espejos albos, blandas astillas… los tres que se demoraron, hurtaron los ojos al primerísimo primer plano de los ofidios colmillos ansiosos del primer y último atardecer de plumones, mientras mamá busca bichitos porque es el día.
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martes, 5 de enero de 2010

/-X-Y-/ o de los locos soliloquios (CapXI)

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-X-
una muerte, otra bisagra de vida... (o debida)

cuántos cadáveres nos siguen sobreviviendo?

y no me dejás comerme los gusanos para vengar tu muerte

es que voy a tener que soportar tantos latidos todavía
cada paso del corazón una navaja itinerante
un aplazamiento interno,
no otra vez!
oh no...

-Y-
no sigas mis pasos
no te doblegues
no atientes

no ves que mi perfume putrefacto
se destila en la lengua del silencio?
no me ves?

no me veas!

-X-
sé que podés recordarme
de otra forma
que esta absurda imagen
de una piel desnuda sobre el mármol impoluto
inalterable / inexorable

-Y-
te ruego que ya no me veas

-X-
podrías irte de una vez
a poblar otros limbos
menos acabados que este?

hacéme al menos ese favor
si?

-Y-
a título de qué tenés cara para echarme hoy?

no ves, acaso,
que esto no son alfiles ni torres ni peones

es un juego eterno entre dos reyes
entre dos piezas vacías
cuyas capas
brillan y ansían
el útero enorme de la noche

-X-
dejá tus movimientos para después
y sé capaz de decirme
lo que siempre callaste

como si yo no estuviera más aquí

-Y-
no me jodas

aquí lo único que late es este inmenso silencio
circular, lejano
y la ruta de las huellas imborrables
en la memoria

ah... y dos silencios más
junto con este
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Debe / Haber

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en todo caso
baste saber que te he dejado
cada poro, cada gota, cada parte
para cuando cada gesto parta y quede
más frío que mi peor instante
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y no me guardo
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ni las horas
ni lo ido
ni siquiera la infinita felicidad
que se desangra
en un ring añoso
contra una resma de dolores
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nada me queda
ni los planes
ni los panes
ni tus cuerdas
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una bolsa de recuerdos que chorrea su saliva
en mi frente
penitente
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tortura china...
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nada queda
mejor así
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ni la indiferencia nos debemos
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