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miércoles, 24 de febrero de 2010

terapia de sueño






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Besáme con todo el cuerpo, hasta con la mente, yo hago eso cuando ando haciendo equilibrio en una cornisa triste; te beso un millón de veces a la vez y de a poco voy alejándome del vacío que me pide estrellarme contra la solidez gris con un sacudón de pecho, hasta llegar nadando a yacer en tu boca, hasta quedar tan rojo como ese entorno;

Y brillo, brillo mucho.

Quedo suave, relajado y tu boca es un estanque perfumado. Después te dejo reposar en mi pecho y acaricio tus contornos, te abrazo para que te sientas anclada a algo, segura, confortable en un entorno que te hace falta.

Recorro tus hombros con todo el sigilo que requieren roces sin despertarte, y escucharte respirar en paz a mi lado es una música aún muchísimamente mejor que la de las proverbiales sirenas.

Y brillo, brillo mucho, de una manera prodigiosa.

Entonces me voy convirtiendo en tus raíces. Nos crecen desde las venas lianas blandas, legumbres lenguadas (leguas de luengas) que acarician y nutren la piel; la erizan, la mecen, la estremecen.

Somos una isla los dos en medio de la noche, un barco un poco, una maderita a la deriva que no teme ni duele ni se fragmenta; se deja llevar con una tranquilidad uliginosa por esa superficie que exhala lluvia y sal, y algo de aire plateado, difícil de explicar. Y así vamos por el útero de la noche a la deriva.

Nos dejamos lavar con la marcha las manchas del día, limpiamos el alma en ese viaje, y aunque no estemos copulando, es hacer el amor inmóviles, nada más amoldándonos a nosotros mismos.

Mis manos huelen tus bordes, tus flancos y soy suspiros, soy aire aire aire que intenta quedarse estático para no flotar y desvanecerse. Y cada tanto te movés, apenas dos centímetros la cara a un lado, un milímetro más entreabiertos los labios, algo tan sutil. Eso hace que un vaho de perfume se agite en mi dirección y las aletas de mi nariz se abran, mi lengua golpetee a los costados, arriba, abajo, en círculos para hacer rodar tu gusto en la caverna de mi boca, que al instante se puebla de faquires y diamantes, de anémonas y vaquitas de san antonio, de lentejuelas y pelusas, y rizomas de palabras y ventisca tibia.

Dos fulgores juntos en uno mismo, brillando aún bastante después de mucho.

Se empiezan a correr a sí mismos como una maratón interminable dentro de la boca: los líquenes y los elefantes, los san bernardos y las cigarras. Al final no se sabe bien si es una maratón bucal o un resumen del arca de Noé, al amparo de la lluvia de la corriente liquida que nos arrulla y nos disipa las manchas de la marcha del día, haciéndonos brillar muchamente mucho; un satélite del sol que flota mansamente al ritmo del agua que se lo lleva.

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sábado, 6 de febrero de 2010

mamushka de sueñomos (sueños+gnomos)




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Anoche volví a hacerlo, después de casi dos años. No sé como decirte, fue una sensación horripilante, desesperante, de enorme ahogo… como si en algún punto del espacio intermedio el hilo se hubiera roto. Y cuando digo hilo me acuerdo, lo siento, lo palpo, lo lamo casi con frenesí, vuelvo a vivirlo ya restablecido del todo, en calma y con profundidad, intenso.

Pero anoche era un hilo marioneta. Uno de esos vínculos entre pescador y ser acuático que se manifiestan desde la alteridad de caña, de un lado, y desde la propia jeta rajada por anzuelos del otro. No sabría explicarlo, porque no era una relación desigual entre pescador y pescado. Era más bien como si de ambos lados los hilos terminaran en millones de ganchos ínfimos dulcemente incrustados en cada miembro, y luego un tirón, como una extirpación de pituitaria violenta y sin anestesia, un vacío palpitante en la contracurva superior del paladar. Un manchón negro en el pecho, a siete centímetros de profundidad, con límites desparejos y de tendones con sus hilillos desgarrados.

No sé si habrá sido la distancia, la sed emotiva, la atmósfera de la noche que pedía par, o una pesadilla malsana en plena vigilia. La verdad no sé. Sólo sé que estaba roto, suspendido.

Empezó a las nueve y media de tu lado de la noche, espontáneo, crudo, repentino. Miraba la luna y ecos laterales disonaban en todas direcciones. Después de bañarme salí a caminar porque no aguantaba que me entrara tanto aire puro, era la amplitud de garganta luego de la ablación. No sé cuánto duró, no sabría decirlo. Pero diría que cuatro horas seguro, como mínimo.

Flotaba dibujando arabescos en un remanso tibio y estancado en cuya superficie la luz de la luna también dibujaba a su antojo. Un desfile de días y de cosas y de gente, de verdad bastante indiferente, aunque de alguna manera tenían que ver con nosotros. Raro, no se deja explicar, como todo lo que nos pasa siempre: tan nítidamente claro que se nos hace inasible y las palabras naufragan cada vez que intentan acercarse al reino. Como si una marcha de incontables días detrás de un camino de hormigas nos ayudara a sitiar su fortaleza, cuando todo lo que hace es mostrarnos sólo algunas de sus puertas más externas. Así de indirecto, y por eso mismo más innegable, imposible de ser falsado.

No sé si andabas gris o lejana, apagada o apocada, triste o ida, en la cama o sentada en una vereda con la mirada perdida y la garganta cerrada. No sé si eras la isla, el agua, la canoa, el pescador, un hipocampo o ese mantel de cielo que aspiraba y empujaba contra el agua al mismo tiempo.

Cuando desperté lo recordé enseguida, no me había acostado boca abajo. Hacía casi dos años que no lo hacía. Entonces, entre las ganas y la duda, entre el sopor y un mareo, me quedé así, asido a los extremos de las sábanas para no caerme del pedazo de madera. Una boya suelta con un poco de hilo que colgaba sangrante y sus espasmos rojizos se diluían entre las fauces marrones del remanso, que sudaba copiosamente. Nada más quedaba esperar que los caprichos de la corriente me devolvieran a suelo firme en algún momento. El desfile funerario circundante sonaba a ramalazos tenues, y a dedos curtidos sobre el corazón desnudo. Un gnomo falaz que caminaba a los tumbos por un suelo fangoso que amenazaba mandar la balsa al fondo del estanque triste.

Todo volvió a la normalidad al amanecer, momento/proceso en que la luz disfraza cada contorno cierto con un manto definido, racional, firme, y exorciza cada duda en un chasquido. Medio ojo abrí nada más. Y un amague de sonrisa al ver que el gnomo asido a la madera eras vos en mi pecho, que sin querer me habías dejado un mechón de tu pelo en la boca, esos hilos...

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5 am





...pero ya desde las dos: sabés lo que fue despertar y no encontrarte? Errarte por minutos en la esquina, por milímetros de curvas infartantes a través de los cables imantados?

Ay, Shoe! Y quedarse, en vez de con tu integridad abismal absoluta, con las desquiciantes series salmón y lila que te ciñen el cuello como lo harían mis dedos, como lo hiciera mil veces con la mente, miles de versoveces, de veces besos, de verte verde venir viciosa a visitarme, a vaciarme de viles velos y buscar la tan arcana Hyspania de aquella última vez compartida en la esquina esta.

Sí Shoe, casi así, pero ya sabemos que las palabras naufragan en las afueras de los ecos más lejanos y sutilmente crepitantes del mar interno. Después de probar todas, una por una, más de una vez, dejé una de las salmón, la que besa con el gesto de decir secretos (Shoe6, pero quizá le hubiera quedado mejor llamarse: shoesix, shoesex, sexjuice, sexshoe)

Sabés qué?

Mirándola fijo un largo rato, el halo húmedo brillante transparente de tus labios se mueve un poco hacia los lados y de arriba abajo cada tanto; entreabren apenas una oscuridad interior que dura fracción de segundo, pero en un tiempo estirado hasta el sadomasoquismo, dejan adivinar un cosmos mullido y perfumado de paladar en las sienes, un crujir redondeado, un choque blando, blondo, blindado, al revés, blind blend bleeding; la oscuridad esa: embudo carcomiente, concomitante, invitación a perderse para siempre hasta que olviden su nombre las amígdalas.

Te decía que se mueven solos, que el halo brillante etéreo se espesa bastante lechosamente; que la mano que abriga el secreto ya no entra en foco y sin embargo es mucho más protagonista o arma o escafandra.

Sabías que a veces hablo con tus fotos? Fijate bien en el borde superior derecho, hacia la comisura, ese rincón arquitrabe vivo, sutil desmayo, fugaz y sediciosa invitación a la cal-miel. Ves como se van juntando, insidiosas en tu boca, las babas del viejo ajedrecista?

Y tener que salir a las tres de la mañana, para fumar y aire fresco y vuelta de página, un recreo. Un paréntesis perdido entre las solapas de la sedición. Pero no sólo salir, porque había que vestirse desde cero y garuaba; entonces la lluvia, gotitas mínimas, aliento frío antes que agua, gaseosa aún. Y los pasos trajeron las gaitas y las castañuelas alrededor del fuego que vela la vista de los alrededores, pisé tierra blanda y húmeda, olí el aire cargado con murmullos musicales musitados al oído.

Gaitas de viento y gluglú entre los huecos de las piedras, mientras caminaba. Me paré en medio de la división central de cemento de ambos cauces al llegar a la avenida (ves como parece un río de cemento? Es calle Almafuerte, con escamas que simulan agua y luces como de estrellas; podés verlo? Como trepa cuesta arriba y se curva a la derecha hacia el final? Las riberas son veredas y vidrieras, las canoas pasan a remos de caucho y circularmente iluminadas) y me sentí por un instante navegante; sonaba a mares lejanos y sedientos (una canoa se había hecho trizas contra otra por un error humano ante la luz roja de los ríos urbanos) olía a esta misma noche, pero más precisamente a la de hace dos sábados, cuando una hilera de calcio, como armadura, aparecía apretada por un abrazo rojo intenso, no tenso sino hasta su límite perfecto.

Quise devolverte la serie de besos, pero la tecnología también tiene sus fronteras, que se comprimen todavía más cuando uno la maltrata contra el suelo varias veces. Quise pagarte las monedas de oro que me dejaste en la base de la lengua to pay for this long trip…

Full long-ago trip in your eastern ship.

Pero como la electrónica fastidia, viste? ...te las mando en un basilisco bizco que quedó de guardia postal esta noche, entre los pétalos de la alive red orchyd; las vas a encontrar ayer en la quinta maceta de la planta alta, cuando por fin despiertes.

Ahora el agua alarga su vapor contra los vidrios, la mañana ya bosteza sus albores y entonces me estiro hasta el crac espinal. Tengo que irme un rato, también hay que ganarse la vida, no?

Habrás de levantarte hora y media tarde más tarde de lo apropiado; está bien; es sábado y la atmósfera destila vientos diferentes, más cansinos o liberados, algo como una tenue brisa festiva interior que no dura demasiado, solo lo suficiente como para olerla y dejarse sopapear a gusto por su guante de plumas y de seda a la vez.

Olor a infusión, a cenizas de sándalo y a cuadernos con vagos apuntes que quedarán esperando la vuelta de las horas ajustadas a la doxa, a lo ejecutivo, instrumental, obligaciones.

El recinto, en cambio, va insinuándose de a poco, tildado, colgado detrás de las murallas de la galería transparente que junta millones de gotitas nada más que para desarmar las figuras y tirarlas como millones de bolitas a este lado; se arma de a poco, casi como si afuera un cielo celeste fuera cargándose de coágulos de algodón, sutiles e irrefrenables. Con pedazos de avenida, corrientes de agua, con esos sonidos aéreos y las más lejanas imágenes que dactilan micropixeles destiladas por macropinceles, labios alados y ojos ecuestres; todo encerrado en la total y sencilla libertad de un circular índice derecho, para que lo conjures cada vez que te dé la gana, Princess Shoe on the rocks with diamonds...

Bye bye Shangai Baby, la de los ojitos chinos...

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lunes, 1 de febrero de 2010

tres anguilas una





Si unas horas antes, en el programa, nos lo hubiera dicho, creo que este pájaro de reloj en pecho nunca se hubiera posado al filo del cristal para mirarnos pendular así y hacernos uno. La omisión de las palabras concretas funcionó a favor. Mucho después, cuando la calma aquietó el estanque vacío de bolsillos fértiles, las palabras llegaron: meticuloso hormiguero depredador de los requechos en este acuario disperso.

Hacía unos meses que entre vos y yo habían ovado plugs de conciertos, cables de ganas e imanes. Ella no podía saberlo; quizá tampoco haya planeado sus pies en estas aguas, algo así como líneas que convergen inconcientes o el destino, las escamas que van creciendo.

Recién era el segundo día de nuestro nado y entonces ella, que nos había citado por separado al programa: tu tono altamente femenino y mi contraste. Nos sorprendimos al saberlo el primer día de nado. Fueron entonces sus hilos? Creo que ni nos dimos cuenta; pero ahora que pienso bien, me acuerdo de tus ojos destilando algo de algas, y se te notaban efervescentes los breteles del sostén. Llevabas sostén? También... semejante calor.

Después el convite poco concurrido, copas, distensión. Chau, un placer la visita, gracias por venir, gusto en conocerte; todos los demças se fueron, y tal vez un silencio de pocos segundos, pero más sólido de la puerta de su casa hacia dentro. Desde que cerró con llave, ya todo sonó a vidrios de acuario, a burbujas, a mucha agua. Dos huéspedes foráneos, vos más que yo; nadie más que los tres y un silencio ramificado entre las copas, lianas etéreas desde todos lados; al codo, a las muñecas, de las copas a los labios ya sin marcha atrás. El rey silencio una jungla cruda y su dedo índice mínimamente pidiendo otra ronda.

Ella me abrazó agradecida de que hubiéramos ido (lo recuerdo patente: dijo "...que hubiéramos...", no "...que hubiera..." … entonces quizá sí hilos y los pies mojados) y un contento nuevo se trepó a las piernas del verde rey, tirado en el sofá. Te miré, sonreías detrás de su abrazo. Estiré el brazo izquierdo a tu sonrisa que al llegar fue beso, muy cerca, casi contra su cuello. Beso medusa, guerra de pulpos, anguilas orbitantes y mareadas, miradas de costado por ella luego de que su cuello se estirara y su respiración se pusiera tibia, acuosa, y miraran sus suspiros a nuestras anguilas, su aliento y tu anguila, porque la mía en tu cuello; anguila inquieta.

Ciento cuarenta, noventa y ocho, treinta y siete anguilas rasantes se comían el piso, la moquette, el sofá y el reloj que nos miraba desde el pecho del pájaro trepado al borde del vidrio. El pájaro cíclope, un águila ungulada, deidad de las anguilas subterráneas que conquistan cada túnel, cada superficie, resbalando entre frutas de una verdulería carnívora completa. Las hojas de los periódicos que nos envolvían se nos tatuaban para desdibujarse y al final un gris lamido, virado de golpe y a golpes, de espeso a rojo occipital, también disuelto (bastante luego) en el estanque.

Fueron saltando todos los tapones del estanque: tapón serrucho, tapones cima, tapón epílogo. Explosiones y el agua, que se iba de a poco por los desagües, las anguilas corcoveaban cornalitos y cerezas, tal vez globos cuneiformemente estirados en un entorno de goma. Saltos tortilla, festín de dorados al aire mientras bajaba el agua. No sabíamos de donde había salido semejante maraña de peces. Y el águila nos miraba, águila y anguilas. Cada tanto bajaba y se acercaba, algún arenque glup (y eso que esos pájaros no comen estos peces).

El águila crecía y se alimentaba en el medio metro a que finalmente se redujo el estanque. El pájaro montaña que nos convidó sus cumbres y sus garras. Después se fue y vimos colgado sólo su reloj de pecho increíblemente agotado, acogotándonos. Los ojos ya eran de a poco humanos nuevamente y el reloj un abismo inmenso diluyéndose, un paréntesis.

Al programa no lo recuerdo. Cuando lo pienso veo estirarse un nudo retráctil, enjabonado. En cambio al taxi… cada detalle. Y la mirada atónita que preguntaba dónde a las dos anguilas chorreantes que lo abordaban. Al hotel, para coser este estrépito de escamas que nos ha quedado y embolsar las cáscaras de tanta fruta. Anguilas abrazos bañarse y dormir.



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varios días



... hace varios días ya que la niña no aparece por ningún lado. Me he sonado la nariz en repetidas oportunidades y revisado minuciosamente, he olido (huelo) pimienta para estornudar y verla aparecer en un spray repentino, reviso cajones, estantes y rincones; sacudo los libros que están bien abajo, abro las puertas del placard para sorprenderla durmiendo en algún jean doblado... y nada.

No es que no la vea, el tema es que a veces el ojo material también necesita de saciedades, cosas como un caracol, una manzana, esos menesteres básicos. Como cuando pica una oreja y es vital mojarse el bolsillo del saco antes de acostarse a dormir, o hay que rezarle a la vida una canción antigua para que no la olviden; rotar repetidas veces los dedos de los pies en orden de que todo vaya confluyendo finalmente en ese puntito exacto que se parece a un ombligo, el botón de alerta naranja que agita el avispero marip/rosaico y nos hace lamernos los labios en un gestito entre divertido y nervioso con todo y dientes.

Y más de una vez ha sido despertarse con su gusto a pana, los dedos llenos con su tacto de vidrio blando, de ruidos curvos, de crema moka. Y casi siempre ha sido dormirse despierto. No así, así: cerrar los ojos para estar más atento que nunca, seguir con minucia de lado a lado ese enjambre de pelusas o insectos que pululan en el interregno acuoso, en la frontera apenas, esa, entre ver y no ver, como amebas indecisas pero exactas, como respuestas en un idioma fractal, inasible, morado.

Consejo: para examinar mejor esos bichitos pulposos multiformes, conviene cerrar los ojos de frente al sol y dejarlos que hagan sus piruetas acordes a la dirección de las pupilas, en seguida uno se desayuna que al final los ojos son una pecera ojo de gato, un estanque encerado para arquitecturas líquidas, además de portal perceptivo, fuente de lágrimas futuras, la válvula de escape del dolor, algo así.

Decía que no aparece por ningún sitio. Abro las ventanas y las puertas antes de que el cartero llegue y recite a capella su amanecer ensobrado; a veces veo sus rastros tenues. A veces un incierto desorden de papeles, la botella de agua en la mesa, un suave olor a almendras tibias; también un escozor en el cuello, en la espalda, unas huellas húmedas de horma treinta y seis en el piso que salen de la ducha y acaban en la ventana que da al este, previas piruetas que se mapean locamente de allá acá.

Sigue sin aparecer. Qué lástima che, y estas ganas de verla hacen su caminito de hormigas irregulares, a la vez tan parejitas entre el paladar y mi almohada, una convocatoria sinuosa del carpo anular al talón atenazado por dos ristras de premolares blanquísimos y brillantes... es ella. Acurrucada a los pies de la cama, contra el alféizar de la ventana, chupándome el dedo gordo del pie izquierdo con la mirada... y con una sonrisa que murmura varios párrafos por ahora postergables, porque no se entiende bien lo que pregunta o dice cuando está medio dormida...


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viernes, 8 de enero de 2010

Inexorable

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(Prosa poética dedicada a Félix García, y a quien esté atravesando períodos de sequía)

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El memorioso emisario de las musas afirma con hondo pesar, al círculo íntimo, estar seco de voces. Mientras lo dice, su mirada cae con rigor pétreo y un hondo suspiro lo vacía. Lamenta que sus días se gasten en silencio, atemperados apenas con familiares y letras de amigos que la vida ha sedimentado. En los peores momentos juzga insuficiente ese abrigo para la insoportable crudeza del invierno que debe enfrentar solo.

Los del jueves esbozan sonrisas de padre, alternan su rol unos momentos, lo consuelan; con paciencia le recuerdan que tal cosa es imposible. Le cuentan de Agamenón y su ejército sitiado por el hambre y los infieles, al pie de la montaña, cuando le bastó una sola palabra para que ésta se abriera y los salvara de la muerte. Sus huestes jamás la repitieron, pues su poder de fuego era privativo del gran Agamenón. Y del fragmento de las escrituras: “Una palabra tuya bastará para sanarme”.

Hay épocas de sequía, le dicen, como si él no lo supiera; sucesivos ciclos complementarios de día y noche precisos para convivir en armonía. Dolientes, sí. Quizá demasiado prolongados intervalos.

El sabe de sobra que mirarse al espejo es lo opuesto a verse; que para ver en serio hay que cerrar los ojos e intuir arcanos corpúsculos tras los párpados. Quiere, elige seguir volando, mas se siente abatido. Aunque la secreta impresión sea la de ya no pertenencia al estrato puro donde se arraigó, a ese nimbo que le fue predestinado desde su alumbramiento. Como si fuera una incierta intuición del cercano final. Mientras, observa con incredulidad los mojones que ha sembrado en el camino; algunas veces como a débiles cenizas del victorioso fuego a través de indómitas lágrimas, otras con sencillo pero profundo orgullo que eriza la piel. Le cuesta reconocer que esos cisnes perlados o aquellas ardientes epifanías de singular belleza sean de su propia creación, si ni siquiera ha precisado barro o polvo para animarlos, sólo un inusitado bache de aire y poca tinta han sido suficientes.

Llegará, como siempre al fin llega, un día cualquiera en que la chispa arderá: de una azarosa imagen, una mirada, un aroma (lo mejor de la chispa es que nunca se sabe cómo surgirá). Primero será una melodía que hacía tiempo no tarareaba, después un calor en la cara, en el pecho, en las sienes; cierto sudor en la palma de las manos y gota a gota, un torrente de palabras irá mojando rituales páginas con sangre cósmica, mientras en la espalda resurgirá el casi olvidado escozor de mágicas alas, regresando todo a su lugar.

Hay épocas de sequía, le dicen, como si él no lo supiera. Dolientes pausas multiplicadas por la inexorable herrumbre del tiempo. Claro que habrá un último espacio entre la última oda y la despedida final, pero éste no lo es, ya verás. No hay silencio en ti; olvídate del silencio, Félix.
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