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lunes, 5 de abril de 2010

El muro

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Negros del agua. Se trata, al parecer, de una leyenda originaria de Brasil (…) son enteramente negros y calvos. Sus manos y pies tienen membranas interdigitales, como las palmípedas. Según una versión, poseerían un solo ojo grande. Suelen andar en grupos, lo que es muy raro entre los seres sobrenaturales. En las siestas ardientes ahogan a los niños que se acercan al agua, o en las noches de luna, a los navegantes, tumbando sus canoas. Se los ve con frecuencia emerger de una laguna, pero al percatarse de que son observados se ocultan de inmediato.

Adolfo Colombres, Seres mitológicos argentinos, (Emecé, 2002).





De la pared acá

Me muero. En octubre Mattura decretó cuatro meses y ya es agosto; llevo más de tres semanas en su clínica. Medir el tiempo acá se complica lo indecible. Cuando lo elegí como médico personal, le pedí que fuera sincero, y ni se imagina cómo le agradezco lo directo que ha sido. Hasta parecía gozar de hablar tan llanamente. Cuando afecta al páncreas, dijo, no hay vuelta, es así. Pero conservaba alguna humanidad, algo como un respeto o una cercanía; eso era una alegría secreta para mí. Nada de aspavientos, ni ceremonias, ni grandilocuencias.

Pero ahora es de noche y estoy cansado. Lo peor es esta terapia intensiva que me pone de mal humor. En la habitación había luz y visitas, colores al menos, algún olor a naturaleza. Acá todos los días son el mismo, tartamudo.

Empecé con agitaciones en las inspecciones de obra. Replanteábamos la Ruta Nacional 12, en el tramo La Picada-Brugo y las comisiones duraban lo normal. Entonces pensé que los nervios, problemas de mis hijos, un par de pesadillas. No pesadillas, sueños sobre cosas que me dolía recordar. Cuando el puente Victoria-Rosario, fueron los primeros vértigos, y eso que estaba habituado a caminar por andamios a cualquier altura, desde siempre. Pensé que los cuarenta, el cigarrillo crónico, esas cosas. Intenté caminatas al anochecer y mejoré un poco, pero también perdí el poco sobrepeso que tenía. Y el apetito. Un día, controlando los cimientos del fideicomiso de unos judíos, me desplomé. Primero el mareo, a los que ya había aprendido a dominar, después un enjambre de puntitos grises, como la tele cuando se queda sin señal, y un zumbido; lo siguiente que recuerdo es que me mojaban la cara y el tantán latente del chichón.

Volvieron los sueños con más fuerza, esos que vomitaban mis verdaderos años de vida hacia este lado de la mampostería. Porque hay una pared de 30 con aislación acústica, térmica e hidrófuga que crece desde mis veintidós años.

Porque primero digamos por arriba lo de este lado. Augusto Pietro, ingeniero, viudo a los cuarenta; dos hijos, el casalito que todos soñamos, esas cosas, los datos filiatorios que nadie intenta recordar ni le interesa. Nada raro, se puede decir que me dejé llevar por la vida. Pero antes… porque Carolina fue un manotazo de mundo real, una buena mujer con todas las letras que nos dio dos hijos y me hizo feliz, dentro de sus posibilidades. Digo mal: me hizo feliz, fuimos muy felices, tanto como pudimos. Fue el sueño esperable de familia normal en todo sentido. Después se murió en un accidente y sufrí. Y me recuperé.

El problema es cuando la pared se cae porque no soporta el peso del alud del otro lado, de lo que no vemos. De este lado ladrillos parejos, rajaduras tenues que se tapan con pintura, enduído o llaves metálicas, cuando hay verdadero riesgo de derrumbe. A los diecisiete conocí a Sofía y no pudimos ni quisimos despegarnos. Para decirlo en una sola palabra: simbiosis.



Cimientos de la pared

Fue un martes de mayo. Nunca sabré por qué sé que era martes. Una lluvia ahondaba la indiferencia de esas tardes de otoño condenadas al olvido. Caminaba sintiendo el mal humor de la humedad a través de mis zapatos. Jonás quería que fuera a su casa para no sé qué. Las medias mojadas, amagues de estornudos, pero no hacía frío. Entonces ella de frente, sola, igual que yo. Hacia algún lado, igual que yo. Sin apuro, también como yo. Inútil negar que lo primero que pesó en los ojos fue cómo su pecho marcaba el ritmo de sus pasos empujándole insolentemente esa remera blanca con motivos pop fucsia. Entonces manos automáticas a los bolsillos de mi jean gastado, la desnudez de mi remera negra Harley Davidson y el rocío de las medias rebotando contra una sonrisa interna que intentaba no ser notada en su mirar minucioso. Su pelo. Los mechones desparejos que seguían las formas del aire sin perder unidad. Y la boca, sobre todo la boca. Ahí caí, estoy seguro. Suponía el aire que traficaba con la atmósfera, ese perfume. Primero un blanquear de dientes que no deja ver bien, como cuando se entra a un recinto oscuro desde el sol tibio. No se distingue bien nada, pero confort. Hasta que uno se acostumbraba a esa sala. Después formas húmedas y blandas, caprichosas cascadas que se entubaban un poco silbando hacia el alma de ese empujar remeras. Y el camino inverso, una bocanada viva que al salir se demora un buen rato todavía entre su coronilla y su cuello.

Resultó que Sofía, que vecina de Jonás, que miradas apenas… pero tan brillantes. Que empecé a ir más al barrio con un humor extremo al que tenía ese día, y sin que Jonás me lo pidiera. A poco, saludos de cabeza, de manos; luego Sofía, Augusto, mucho gusto, aunque ya sabíamos, cada uno por su lado. Recién para los carnavales hubo tiempos en común. Y desde ahí un carnaval extendido, pero nuestro nada más.



Crecen las hiladas de ladrillo

Claro, su familia fue una montaña de mierda en todo momento, del primero al último, y ella no podía pensarse sin su familia. Nos amábamos tanto que… inútil enumerar. Cuestión que un día me presenté a hablar con el padre para aclarar las cosas, y me encontré en una especie de asamblea familiar que fue demasiado para mí. Ya tenía diecinueve, me acuerdo. Todo iba bien, salvo que había tomado un poco y en el conciliábulo corrió más alcohol. Yo frenaba los misiles de la oratoria lo mejor posible y devolvía flores lúcidas, argumentos irrebatibles y una aguda capacidad de raciocinio; exasperante para los miembros masculinos de la familia. Entre las mujeres la batalla estaba ganada desde el momento en que puse un pie dentro de la casa, ese hecho significaba que yo “estaba en serio”, nadie entraba a esa casa si así no era.

El problema: el padre y los dos hermanos mayores; inquebrantables, cerrados, orgullosos. Ni idea cómo, en un momento las palabras subieron de tono y tuve que empezar a defenderme de las piñas que me llovían. Para peor, Andrés y Julio ligaron tupido. El padre no se metió y no sé si le hubiera pegado. De ciertos lugares no se vuelve. Los gritos de las mujeres despertaron mi razón y me fui. Ella parecía no haber estado ahí porque hubo una distancia desde entonces y ahí sí que sufrí en serio. O será que el primer dolor es el que más duele.



Asomándose al otro lado

Ahora digamos que la pared empezó a ceder dos años después de la muerte de Carolina. Entre las inconclusiones y los “qué hubiera sido si…”, una manada de bichos con forma de signo de pregunta me empezó a comer la cabeza de una manera insidiosa, como si tuviera diecisiete de nuevo.

Y fueron los primeros sueños, se repetían de a tres, en el mismo orden, con pocas variantes. O era uno solo en tres secuencias. Primera: voy caminando por las calles de mi ciudad natal y de repente oigo ruidos de cascos equinos. Miro a los lados y nada. Sigo andando y me canso, cada tanto paro. En un momento se me da por mirarme los pies y tengo patas, soy el que suena a cascos. A veces sueno a relojes o a agua. O camino entre el barro y el reloj es mi corazón, una mezcla propia de los sueños. Los caminos cambian pero siempre el ruido, el ritmo, a veces ando libremente, a veces tiro de un carro lechero, verdulero, cosas así. Lo huelo, porque no puedo darme vuelta a mirar, pero presiento que los que tiran del carro…

Otra cosa. Me empezó a parecer que ese sonido a cascos era el tic tac de mi reloj orgánico. Dirán: inferencia obvia de mi fecha de vencimiento. Pero no, era otra cosa. Algo me decía que mi lado animal, algo. Que se terminaba el viaje y faltaban cosas. No a mí, a alguna parte de mí que tenía descuidada.

Segunda: en algún momento del camino hay tomates. Sí, tomates. Veo alguno en el camino o los huelo atrás de mí al tirar del carro de las verduras, alguien come tomates a mi vista. Si no aparecen, el sonido de mi trote los alimenta, mi mente fabrica una tela roja, de terciopelo o de paño que ondea al capricho de un viento obtuso, oclusivo. Las papilas gustativas se me retuercen. Salivo mucho. El gusto a tomates me comprime las sienes. Mi saliva es jugo de tomate. Me demoro masticando las semillas. Por las venas su pulpa patente, tengo que cerrar los ojos y apretar los dientes para dominarme y volver a respirar a ritmo normal. En noches extremas he despertado amargo de sudor por haber estado en una tinaja de madera zapateando sobre una frescura suave de tomates que me ensangrienta hasta los tobillos. Como vino patero, pero de tomates. Y hubo noches de cópula. No pude ver su cara, aunque la recorrí en detalle y le hice las peores, las más hermosas porquerías que se pueden consumar en una bañera con tomates. Recuerdo que cuando quise acariciar su pelo, eran sogas pegajosas. Pero más, que en sus pezones terminaron naciendo dos pequeños huecos por donde metía mi lengua y no tocaba fondo, mientras ella me clavaba las uñas en la nuca y decía extraños parlamentos en una lengua muerta. U oraba, no sé.

Algo que siempre desemboca en perros es la tercera serie del sueño. Me torea el perro de un vecino que odiaba cuando chico, piso sin querer un perro que se cruza en mi trote, charlo con uno vagabundo que me acompaña un tramo del recorrido del día, y demás variantes. Sufro si me termino convirtiendo en perro. Mi cuerpo no es capaz de remolcar el carro. Si era nomás corcel, me pierdo, olvido la ruta, dudo. En las noches de sexo aparecen perros muertos a los costados, o por ahí, en cualquier lugar. Caen trozos frescos de perros muertos que todavía pueden moverse con sus últimos estertores de actos reflejos. Una sola vez el sueño par terminó con un feto de perro mojado entre nosotros, entibiándonos mientras descansábamos.

Recuerdo que esa mañana, además de despertarme excitado –porque cada vuelta de esas sesiones era un dolor generalizado que me parecía hacer pesar el triple, y más urgente ahí abajo-, había también un calor cremoso que llegaba hasta mis nalgas (duermo boca arriba) y empezaba a enfriar el nacimiento de mi pierna izquierda. Nada más que dos o tres veces en la adolescencia me había pasado. Era cierto que últimamente ninguna señorita, pero eso no quería decir nada. Ni en las peores sequías sexuales había pasado algo parecido.

Era cada tanto soñar así. Empeoró desde el diagnóstico del doctor Mattura. Una noche fue la peor de todas; tanto, que falté al estudio y dormí todo el día. A la tarde salí a caminar para despejarme y en la esquina de Sierra y Unamuno me encontré con don Hugo, mi vecino. Apenas nos saludamos porque iba con pasos apurados. Me di vuelta a mirarlo porque no era de andar así de acelerado el hombre. Fueron dos segundos de seguirlo con la vista, el claqueo de sus zapatos hizo que mis cinco sentidos volvieran a la realidad, porque al caminar por caminar siempre me pasa lo mismo, me hace como volar, evadirme. Llevaba una bolsa de tomates, y en la otra mano el collar del perro, que era un eco más fino y corto de su serruchar de baldosas. Entraba a la tómbola del barrio. Volví a mi rumbo, que no era ninguno fijo, como si nada.

Me empezó a picar la frente y entre los dedos. Con el tiempo había descubierto que esos signos eran un aviso, pero entonces no lo noté. Seguí caminando y volví a casa. Mientras tomaba mate y veía las noticias del día, ordenaba el living y la biblioteca. Encontré “el cartero”, de Bukowski, que don Hugo me había prestado un par de meses atrás. Lo dejé en la mesa para devolvérselo cuando lo viera asomado por ahí. Al rato oí voces enfrente, me asomé a la ventana y vi que estaba en la puerta de su casa; crucé y le pregunté qué número había ido a jugar tan apurado. Con el buen humor de siempre –y un poco irónico- que tanto disfrutaba de él, me dijo:

-El tres dieciocho. ¡La sangre! Es que mi mujer se cortó tres veces el mismo dedo en la
semana y sangró mares… es que ya está vieja y chota, la pobre, jejejeee.

Me ofreció un almanaque de mano, de esos que regalan para promocionar las agencias de quiniela. Lo guardé en el bolsillo y seguimos hablando un rato, hasta que lo llamaron a cenar. Saludé de lejos a doña Ángela, le elogié el olorcito del estofado que llegaba hasta nosotros, y bromeé que si los tallarines estaban igual de ricos, ya mismo traería un vino.

-¡Déle m´hijito, venga nomá sin trái nada!

Agradecí sonriendo, prometiendo que otro día… en ese mismo momento me vinieron a la mente varias veces como esa, en que había prometido futuras visitas que jamás cumplí. Amigos, conocidos, parientes. Nunca supe la razón de ese “no querer molestar” que me había alejado lentamente de todas mis relaciones. No era que estuviese arrepentido, pero me había vuelto una especie de isla humana. Una soledad ambulante, más aún desde mi viudez.

-¡Perómbre… no sea vergonzoso! Con los años que hace que nos conocemos y nunca comimos juntos. Déle, quedesé! Vamos! Viejo, decíle al mozo que no searisco!

Por sus palabras, pero más por el calor de ese deja vu que me humedeció la cara, me dejé quedar a cenar, aunque no fuera mi costumbre, y sí demasiado temprano para comer.

Charlamos de bueyes perdidos, de la familia, de las cosas de siempre. Agradecí el tacto de que no fueran muy preguntones. Dos horas después estaba de nuevo en casa. Antes de ducharme vacié los bolsillos en la mesa de luz y a la vuelta noté el almanaque de números y sueños. Fumé mientras escuchaba el preludio de Tristán e Isolda dirigido por Mahler, uno de los fragmentos que siempre me funcionaron como una ducha interna, y me acosté. Siempre era música clásica o jazz. Billy Higgins, Haden, Baker. Esa noche fui Tristán parejero, sin tomates. De Isolda, nones, pero la recordé hacia el final, cuando un perro muerto de hambre me toreaba como si fuera el diablo mismo.



Trepar antes de saltar

Era sábado de limpieza, los chicos no vendrían –de nuevo- y con total parsimonia me dediqué a un orden básico. Escoba, nada de baldes ni trapos de piso. En el dormitorio, la mesa de luz estaba atestada de cosas, como siempre. Una maldita costumbre que conservo de chico, por compartir la habitación con mis hermanos, allá en Liebig, entre la nada y los yerbatales misioneros, y millones de insectos. Mis abuelos habían venido de Brasil y nuestra casa, según su tradición, era básicamente un galpón común, sin divisiones, pero a nadie faltaba su mesita de luz. Fueron pocos años, pero se ve que caló hondo la automatización de poner siempre todo allí, el único lugar donde nunca te tocaban nada. Chinchiviras, monedas, figuritas, la escarapela, el único par de medias sanas, para que no se perdieran.

Entonces: un pantalón, la billetera, los cigarrillos, una servilleta usada de posavasos, dos encendedores –sí, dos-, el diario de algún día, un cd de Bach, algunas revistas y varios caramelos, más un botón que llevaba allí ya varios sábados porque no recordaba a qué prenda pertenecía, y el almanaque que don Hugo me había dado.

Me levanté de la siesta y me hice los amargos de siempre, descubriendo los números correspondientes a cada sueño, y viceversa; me puse a pensar en los míos y me reía solo al pensar en echarle unos pesos al caballo, a los tomates y a los perros. Veinticuatro, cuarenta y seis, cero seis. Los repetí de nuevo. Otra vez. Empecé a atar cabos… me dio un frío de nicho al darme cuenta que…

Desperté en el hospital sin saber dónde estaba, cuándo era. Me dijeron que me vieron salir pálido a la vereda de mi casa, con la mirada desencajada y me desplomé. No me acuerdo de nada, absolutamente. Ni de lo más mínimo.

A los pocos días me dieron el alta y volví a casa, con licencia de trabajo por diez días. Era el teléfono de Sofía, el de su casa en nuestro pueblo natal. Cuatro dos cuatro cuatro seis cero seis. Claro, al cuatro lo habían agregado unos años después, hacía ya algunos. ¿Cómo no fui capaz de darme cuenta antes? ¿En qué estaba pensando para no verlo? Era claro, innegable, obvio hasta la vergüenza. Pensé que la mente es un mueble extraño. Un buzón tan capaz de los detalles más insignificantes, como de las pérdidas más escandalosas.

Daba vueltas en mi casa. Levanté mil veces el teléfono y una más que esas lo colgué. Dejé sonar un par de veces algunas de las tantas y cortaba. Hasta que una vez, como en el aire, con el estómago al revés, con las palpitaciones que me hacían asirme a cualquier cosa en ese balcón de vacío, negro entero, no solo picándome la frente y entre los dedos, sino con el cuerpo entero fagocitado por un enjambre de ararás…

-¿ Hola…?



Del otro lado

Era ella. O lo que quedaba de ella. Requechos viejos y extraños. Una asquerosa y preciada alteridad alterada por los años y los desencuentros y los descuidos, las renuncias. Un punzón del pasado, ahora al rojo vivo, que millones de días de silencio habían alimentado hasta convertir en un taladro de pozo petrolero. Esa negritud que salpicaba el cielo y manchaba cada detalle hasta el delirio, hasta la náusea. Me acosté a dormir arrastrando los pies como si tuviera noventa años. Llegar a la cama me valió una campaña del desierto, me tiré a morirme, ni más ni menos. Calculo que debo haberme dormido antes de contactar la superficie áspera, amarga, fría de negaciones a contramano del colchón.

En algún momento desperté. Era de noche. Los ojos se me cerraron de nuevo. Anduve por las calles de la infancia. Vi el viejo Valiant de su padre, me enceguecieron sus faros ambarinos. Olía la primavera en los odiosos jazmines de la cuadra. El limonero de Don Reyes estaba más tupido que nunca y ese amarillo blanqueaba bajo el toldo de la noche. Crucé el portón de su casa en silencio. Me apoyé en la pared varios minutos, fumando. Me pareció oírla hablando en neutro con alguien ahí dentro. A los costados me empezaron a crecer todos los días juntos, desde el primero. Me perdí en ese laberinto equívoco, imposible. Oí su voz. No aguanté más, salí corriendo, me fui sin mirar atrás, mis pasos tenían un brío oscuro de perdedor.

Desperté de nuevo, el doble de desgano pero de día. Con la poca lucidez que conservaba llamé a una ambulancia. Ni moverme podía. No recordaba la última vez que había comido, pero igual estaba lleno de un cemento intangible, todopoderoso. Atiné a tocarme la cara y tenía la barba crecida, aunque el paisaje más allá de la ventana más próxima, era el mismo que cuando me dormí. ¿Cuánto tiempo había pasado? No podría calcularlo, pero mínimo dos días.

Y acá estoy. Me muero, me estoy muriendo doctor Mattura. Gracias por todo. Su cuerpo de enfermeras es aséptico y exacto. Siempre listas, muy poca emoción trasciende sus rostros. Parecen andar justo a tiempo en todo, aunque ya le dije que acá es un solo día, la misma hora. Así será la eternidad? Un asco esterilizado, una revulsión inmóvil, inmutable. Una verdadera mierda, doctor Mattura. Gracias por todo igual. Usted fue buena gente conmigo.

Me siento morir. De esta noche no paso, seguro. No tengo fuerza ni para abrir la boca, ni para intentar ser educado con quien se acerca a atenderme, esas eventualidades que trabajan, cumplen funciones, se ganan la vida en este circo fétido, como yo construyendo sus carpas apropiadas; ni de pedir un espejo que me encaje el patadón final al otro lado me dan ganas. Aquella asepsia de gusanos hirvientes que me termine de reducir.

Esta tiene que ser la última noche, por favor. No aguanto más tanto tubo. Mis venas, mi garganta, mis genitales son auxiliados por tuberías que drenan la bazofia. ¡Basta de extender la pesadilla esta! ¡Que se acabe de una buena vez!

Pero no tengo ánimo ni para decirles. En cambio me deleito viendo la transparencia del suero. Este goteo mudo, toda la acción que puedo ver aquí y ahora. Un espanto redondo, incoloro, un asirse a la gravedad arrastrándose entre los tubos, para perderlo de vista enterrado en mi muñeca, de donde me arrastra para conservar viva mi gravedad. Qué preciosa ironía. Cómo se reiría don Hugo si le contara que soy una especie de espécimen dentro de una cápsula plástica. Un feto de fetidez suspendido en caldo prístino a la vista de quienes circulan por el museo de la clínica, una bolsa de desangramiento que cuelga en lo alto, a través de una sonda hacia esa agonía, ahí abajo. Suspendido, me diluyo torrente lerdo por un tobogán hasta que todo se ennegrece.

Goteo mudo. Pero de alguna manera empiezan los cascos a ese ritmo. Soy liviano otra vez. Empieza un sonido y ya no estoy tan gris. Ahora veo en colores. Ahora lato el goteo, mis músculos se excitan y otra vez las luces del barrio, la música de los vecinos sentados en las veredas mirando a los extraños con caras de nada. Los saludan. Allá sí se saluda a los desconocidos que transitan las veredas del barrio.

Sonoro goteo. Blanco, redondo. Debe ser la pileta del baño. El de al lado de su pieza. El tapón hacía equilibrio y de alguna manera ha caído justito sobre el goteo y atinó el hueco. El sonido se agloba, se dilata, sube. La gota tiene algo de inercia y crece. No alcanzo a verla pero la siento, duerme. Está rodeada de sus cosas cotidianas, de todo lo que pude darle y hubiéramos compartido. Es pobre, no parece haber hijos ni marido. Una austeridad mustia. Los objetos sencillos y desgastados. Eso me entristece un poco, pero ella decidió. ¿Cómo obligarla a ir contra su voluntad?

Duerme en la misma posición de antes, de costado, de frente hacia la pared. Tiene canas, el pelo más corto y crespo. Su cuerpo no ha cambiado mucho. Ha perdido firmeza y deseo, goce y color. Es una merma de sí misma, una promesa tonta en su rincón con manchas de humedad.

Quiero verle la cara, y para eso debo esperar el crecimiento de mi frontera de agua. Los bordes de la pileta, las baldosas viejas, el vano de la puerta. La frontera acaba de salir del baño y estoy más cerca, ya puedo olerla. Mis confines alcanzan por fin las patas de su cama… ¿Responderá dormida, como antes? ¿Querrá explicarme aquél no rotundo, esa pared que nunca supe derribar?

Está por amanecer. Que se dé vuelta hacia acá antes de abrir los ojos. Me muero por verle la cara, me muero. Me estoy muriendo. Dale, por favor, date vuelta sin mirarme, sin despertarte todavía. Porque cuando abras los ojos y putees y agarres secador y estropajo, ya no voy a estar acá, y se van a haber caído todas las paredes.


.....................................................................Alejandro Cabrol

7 comentarios:

M dijo...

Ya estoy aquí!!!... (prometo leer mis deudas,ya tengo blog). Te quiero. Maked.

Natàlia Senmartí Tarragó dijo...

En este muro hay mil ladrillos, uno es rojo tomate, el otro nido de hormigas o ararás ¿qué son?, arriba el de vacio sin nada con aire para adentro que aspira, el de la raja se cae sin darse cuenta, el de al lado palpita como un teléfono, en el suelo cascotes que lanzó un hermano, a la izquierda colocan el suero colgando de un gancho, en el ladrillo joven un grafitti o una letra con spray, los demás gotean y huelen a barro viejo, parecen músculos, claro que en el negro está el reloj que marca lo mínimo dos días.
Denso, barroco, visceral e increible relato pieza a pieza, parece caótico y es muy bello. Felicitaciones Alejandro.

Mimí dijo...

Ya sabes que me encanta y como Natalí te felicito.
¡Ha merecido la pena la espera!

Un abrazote.

Alejandro Cabrol dijo...

Gracias Magiii, beso!

Un gusto Natalia. Fue un ladrillo apensas, así empezó, después se fue poniendo pared, abrazo!

Sí que costó Mimí, Muchas gracias!!! Éxitos!

Natàlia Senmartí Tarragó dijo...

Amigo, doy por hecho que costó...ladrillo a ladrillo, lo que se dice; verso a verso, golpe a golpe. Bsitooo, cariñoso.

superpoeta dijo...

Se le cayo el juego a su amigo

Juicio a Frank Ruffino

Makeda dijo...

Jamás he dudado de la capacidad que tienes para hacer muros...has hecho una maravilla.Te quiero.