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miércoles, 30 de junio de 2010

v 1



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vengo del tedio

de la cúspide inmolar manos vacías

en mis dedos has venido más pisadas que brújulas

podrían palpitar



vengo del agua

sin aura

del charco rengo

de la alucinación sin luna



vengo del cielo vago

del aire de tus rincones adormilados en mis huecos

del cierzo de la mañana

en las afueras del tiempo

a buscar lo que olvidaste pedirme que olvidara


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sábado, 26 de junio de 2010

aqua deorum

,
,
,

/XXX-III/

sorpresa extensa la iconocidad de jueves
desde los idus de marzo

cabeza digna con melga al medio el trono entre piedras
un gris recuerdos de algún día de verano;

intriga plena:
el otro lado del cuento
el ojo sedente que mira y clava sombras en un ombligo de eternidad

trapo albo se afina adherido a fronteras del reinado

mataría
por
esa
sonrisa sorpresa zarpazo sensual serpiente silente
sortear señales
todas las eses de licuarse viendo y siendo
el otro lado...

hay algo que la chispa esconde ahí 
¿será lo que no la deja nacer
o un escudo?

¿qué capa cabe?

qué bien que falte entonces. . .
una veta se escapa a la química occipital de la desnudez imposiblemente cierta
ser feliz es la trampa
temblar ante la flama y ese olor a leña verde recién cortada
humo blanco entonces hoy sí

sentarse así
temiendo que el momento se evapore igual que el humo
y ya no quede
más que una sombra de pefume en la ropa

y
la
memoria
frágil del olor alas

¿cómo es posible dormir tan despierto?

una oración a sangrarme los labios
humo rojo
verano y jueves
idus de marzo...

gracias

algo como una bandera inmóvil y letal

lente sedente que diafragma con estulticia un llamado incapaz de respirar ante la carne tendida
el hachazo tácito la mirada
           una tacita echada mirando
                                una minada fértil de perfume y humo blanco
que se posa en la punta de la lengua
antes de serse fuego impropio
               de ser sed eterna y tercer ojo y esta noche

fina raja de la nuca al entrecejo

gong
conjurador de tigres, lapidario brevemente hasta las manos ungidas con melaza

no podría destejer cada capa de la crisálida
la operación del ojo que cegó varas de bambú al son de la noche química

ver nacer del ojo el caudal tieso y enroscado
a las columnas de la gruta
un cartel que nace el nombre
              que nació mi nombre
cuando no había letra ni excusa para llamarme 

pétalos, cenizas tarde....
     anaquel de roble y almohada herida
           al centro de prisión innata

treinta veces tres incisiones
y la imagen de jofainas

hervideros donde las abejas principian pasillos sin final
a cielo abierto
dentro de la gruta sin principio

luego lluvia y los velos

agua sanadora

gotas rojas de olvido

caerse, quebrarse, estar más desnudo que a hueso pelado. . .

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:97

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/IL/
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dijo basta con las manos y se recluyó por el resto de la semana. marchaba sin color por los senderos de piedra. a esa altura quedaba de nosotros poco más que una perceptibilidad vaga; ni huellas dejábamos. . .
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islas

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/XIX/
ver que los límites se van muriendo casi inservibles, no sé si así u olvidarlos paulatinamente sin dolor ni curiosidad. una línea que se angosta en el agosto más extremo del lustro, muerte y sal . . .
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isla

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/XX/
y de las alas no quedaba más que la picazón de su pérdida. de la lluvia una lágrima inasible. cada vez se ponía más límite y se asemejaba menos a las otras. entonces nos empezaron a crecer ojos en los poros
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fractales

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/XXI/
cuatro puentes habían perdido enlace con el otro lado y la comunicación podía considerarse un lujo o un milagro. burlábamos a los guardias con nuestro arte de oscuridad y de silencio. se me hacía difícil oírnos, al punto que llegué a preguntarme firmemente  más de una vez si todavía respirábamos
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dracoedrus

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/XXII/
volvíamos de la noche lo peor posible, éramos la saña misma, aquél espolón de popa, amague de letargo esmirriado o mal venido después de la costa de piedras grises y demasiado grandes. fuerzas de exilio nos exorcizaban de algo que se moría tan cerca que daba temblor. habían pasado algunos meses ya desde la toma del romboide diestro... náda más penetrante que ese recuerdo de olor a sangre borrando cualquier asomo de hambre o de alegría. las moscas dibujaban fauces espeluznantes en lo que quedaba de cielo a horas del silencio. ni me miraba. oía su respiración traer llantos arduos. me dolía su estoicismo inútil, su gris eterno, esa tanta flema que parecía dejarlo intacto más allá, fuera de este delirio: más real que cualquier empirismo extremo que hayamos compartido ese tiempo. hacía de lo sagrado un trámite asqueroso; ignoraba la gloria que los trashumantes le rendían. juntaba sus cosas, las envolvía en un trapo y seguía adelante rodeado de silencio. yo atendía a los que llegaban para oírlo. juntaba peticiones, cartas, amuletos, los papeles, las piedras, la energía que le dejaban para ser filtrada en algún pedazo de algo que siempre era físico, y él iba a trocar por luz inexorablemente. sin darse cuenta. sin darle importancia... pero lo notable era que siempre volvíamos de la noche, por más imposible que pareciera nos recibía un paisaje diferente cada vez. entonces la luz nos caía dagas, nos abrasaba su haz mínimo. habíamos aprendido a mirar con el oído, a andar vendados para que la luz no lastimara...
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el mar

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el mar me llama


me lame

límame

limo arenoso

destapaporos



su rugido su zurrar apenas

tumba la arena que fuese roca

siglos distantes



cada amanecer lo horada dorado

y de tarde lo degüella

en altares celestes



una danza circular porsiemprizada


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Impresentable.com

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la mosca en la sopa


nada más que oreja invisible

bajo la mesa



kanishka y captain fetogia con capa roja de tafeta

contra el enjambre de energúmenos

que huelen rancio

sorry

los sábados a la tarde son así



un cachetazo gastado y triste a contramano

 
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miércoles, 23 de junio de 2010

domingo 9am


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delicia

vagar almendra

estos duendes ciegos



sol un poco

más allá

domingo de bolsillo en mano



chocolate

calor

temblar

golpear tu puerta

con barba de tres días

todas las ojeras posibles

y mirarte con mis ojos de verdad

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diluyo

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días que te lleve el cierzo



       luz y frescamente


                 olores






               limones al ojo


                       y lavandas


       quemen aguas


         redondas






veces amarillas


         que semillas


        el tiempo traiga


      a raíces moradas


la mañana mojada de ayer






cuando nadie amague astillas


de esa sangre


que nos sala






lente lento late


siempre distante y quieto


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q 00

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dejarme girar sutil

entre metatarsos


y el apunte lerdo de un par de versos 

que no se gasten

al andarte

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domingo, 13 de junio de 2010

-1671- /set2007/

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Afuera todo cambia

adentro…



contornos desdibujados

mueven límites inciertos



afuera no es más claro

depende: la luz del día

árida inunda

o castiga



nada es seguro

ni planes para mañana

ni reglas anticipadas

del hombre

dueño del mundo



lo externo acaricia, empuja

y lo peor,

nos relega

desastres de luz eterna



nada somos

más que hormigas

en minúsculas hileras



impalpable mutación

dentro y fuera

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cin-co/n cuatro

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"revolver" de 2007
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esplendor estrepitoso

silenciando luces frías

falta el aire cuando arden

erupciones de agonía



y ampliadas manos mías

al apremio de tu vasta

superficie noche y día

que la ilusión aquilata



en tus cárdenas caderas

inmarcesible letargo

el tiempo pasa de largo

remedando agujas lerdas



a trueques de espejos rojos

tu perfume tuerce el viento

mientras a tenues lamentos

tu pelo ciega mis ojos



esplendor estrepitoso

y ampliadas manos mías

en tus cárdenas caderas

a trueques de espejos rojos



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después, mucho después... cuando las plumas
me abovedaban blandamente las encías
el gustito ese a sangre, mal y los
restos superiores del ocaso
se filtraron hasta aquí
lo supe: fui feliz
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un borrador de mayo 2007


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versión corregida en taller de G.G.
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camino

por ínfimos filamentos

de oscuros días





pretendo buscar

algo que me hermane

con el barro de la vida de verdad





circular proceso

de rostros y tiempos

y mugre adherida



colosal desfile de insanos insectos urgidos de sangre



ansío rapsodias

entre sobras de raros ángeles



la dicha:

para siempre

tras mis retinas

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ser espejos

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Rigurosa la costumbre del espejo

replicador invariable sin desvíos,

devolviendo imperturbable, mudo y frío

lo recibido, en carácter de reflejo.



Paradigma de equidad, sutil consejo

sin dejar de respetar libre albedrío

para el hombre, quien muchas veces vacío

reacciona hacia los demás tan desparejo.



La excepción de la regla siempre existe:

ser espejos menos ante lo maligno,

a ese impulso transformarlo en positivo



duplicando intensidad, allí reviste

majestuosa cualidad de ser más dignos

y renueva la alegría de estar vivos.

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1912

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saborear el desastre


como un fantasma atroz del parque

sentadoderretidoderribado



ver el humo de uno mismo negarnos



no negar… negar-nos



balancearse en columpios de ceniza

esa espina dorsal del aquelarre

sin ton ni son



aullidos líquidos al fondo del cadalso

que es garganta

y no aguanta

la canción más colorada

y calabozo



sentarse y desangrar hasta la niebla

este olvido pretérito

pletórico



que columpia mis desastres colorados


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Papa say /ac/ el salmón box set 5, Nº14, cd5

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“… fire FIRE FIRE FIRE in the farm


Yeah... FIRE FIRE in da farm yeah... I walk out this morning

                                                I see fire in the farm uh uhuhu

tell me who, tell me why... put the fire in da farm

I´m gonna shoot him down


Is blowing the east . . .

why put the fire in da farm?

papa told me LOSE is not a shame


/but papa don´t trust me/


uh papa papa say uhuhu

don´t walk in the land, papa say no pain uh

I´m not to papa the same /ok ok no conoce/


put the fire in the farm, papa fire


I walk out

reeeep uhu hu /is music time time rythm/

no tears
papa say that mama get to get me for free /four three/


I´m gonna get the same this is a war this is fire on the farm


I say what I am gonna do now

papa say you should be cool


/y yo no sería tan malo/


who put the FIRE?


Papa told me to be never fear the pain

And I told papa the same

                     /watching the fire/

/no se me daría mal/

tell me why everybody is gonna shoot him down

/el doctor fue el mentor yeah/

but please don´t put FIRE in da farm


I said met nobody put the fire in da farm

Uhuhu who put fire?

. . . Is my friend is my friend is my friend .  .  .“



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sábado, 12 de junio de 2010

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   .  .  .   no, no es sangre... no, qué va!
             apenas un poco de pintura plástica splash  .  .  .


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todo

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todas las corolas

eclipsadas de oro viejo

las caracolas

cristales que no nos mezquinan filo

ni negrura litoral



todas las amapolas

que me amputan los reflejos

de horas solas

arduamente acero, tinta, estilo:

punzón que tatúa mal



todo el estío inmola

encastres de pluma y tejo,

canción que rola

al son de sus talones donde asilo

mi mal sangre del final
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entonces lo guardo todo en baúles verdes que apenas cierran

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domingo, 6 de junio de 2010

Solitudes.hoy

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/a/
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si vieras mi sombra sola

bailar de a retazos

tus vestigios



sudar cáscaras

y un poco después

el pasaje de tus piernas
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/ab/
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ay si la vieras

aunque más no sea por un segundo

una tapita de tiempo nada



si la vieras dibujar rombos ridículos

al ritmo de un revés a mano alzada

sin paso fijo



si nos vieras

agitar las madreselvas desaforados



ay si nos vieras!



llamarte cuando bosteza el ojo

abismos equidistantes al silencio

y a tus rodillas



conjurar un par de ráfagas de aliento

en un idioma inasible y terco

de sangre tibia
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/ac/
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si pudiéramos asir tus ojos

a voluntad

un breve rato



y encender en las lámparas dormidas

un hogar un velo y tregua



o despertar el tercer olvido

de entre los muertos



si supiéramos cómo hacer!



otro día aparcará de nuestro lado

y el silencio seguirá rey de tus comarcas




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Paréntesis

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– ¡… porque empacho no es pendorcho! – remató sin poder aguantar la risa Older Gomez su relato improvisado, que nunca duraba menos de media hora y graficaba detalles con su estilo, actuando las escenas con una naturalidad bárbara; era el de los chistes y la suspicacia. Un libro abierto hecho en la calle. Frases inmortales y cada salida que era para morirse de risa sólo, nada más que recordando esos ratos.

– ¡Vos y tus historias! ¡Mirá que hay que ser tan viejo como vos, y así de hijoputa, pa salir con semejantes cosas, che! – retrucó el Musgo Martinez, asador de turno esa noche en un monte cercano a Villaguay, donde habíamos ido a cazar vizcachas, después de la cortina de risas de los cuatro.

Era julio y unos conocidos, medio parientes según recuerdo, le habían dado permiso a mi viejo como tantas otras veces, para pasar la noche escudriñando madrigueras. Habíamos llegado al atardecer en el Falcon 74 con parrilla, sol de noche, escopetas y un par de mantas, entre otros bártulos que siempre cabían en el baúl. Me encantaban esas excursiones. Arrancábamos por caminar a través del campo hasta la zona de las arboledas, mientras buscábamos rastros de los bichos con las últimas luces del día. Dimos una vuelta por la zona boscosa marcando sitios frecuentados por las vizcachas e hicimos campamento al lado de un chañar cercano a la arboleda, pero apartado de ella. Yo tenía asignada como una de mis tareas fijas en esa primera ronda, ir juntando leña para el fuego, que debía durar prendido toda la noche. Para eso me había hecho una especie de bolso con un jean viejo abierto a los lados y una tira que me cruzaba al hombro. Así que limpié la hojarasca de los tres metros cuadrados que ocuparíamos, hice una torrecita con palos para empezar el fuego calculando de donde venía el viento y empecé a salar la carne que cocinaría Musgo. Acomodé las escopetas contra la parte posterior del árbol, la caja de herramientas, las mantas, y una botella de ginebra “Llave” que no conocería el amanecer, aunque recién circularía tarde, en las rondas de caza. Según sus enseñanzas, era “de balde” salir a cazar con el estómago vacío, el frío hacía temblar el pulso y entonces los tiros salían “ladeados”.

–A este pibe sí que te lo vamos a sacar bueno, Marlo. – solía decirle Musgo a mi viejo. –

Ya sabe cazar perdices, liebres, vizcachas, guazunchos, jabalíes…

–…y carpinchos, que son los más difíciles. ¡Qué animales escurridizos! –interrumpí,

mientras acomodaba la caldera y el sol de noche. Señalándolo, consulté al resto –Hoy

no lo prendemos, ¿No? Hay luna llena y se ve bastante bien así nomás…


Con las vizcachas, igual que con las liebres y al revés que con las perdices, lo mejor era que hubiera silencio y oscuridad artificial. De esa forma salían más fácil de sus madrigueras. A las perdices, en cambio, se las atontaba encandilándolas desde el tractor. Después era suficiente un “mediomundo” hecho con alambre y red, o sea, una bolsa de cebollas vacía de alguna verdulería amiga. También las cazaban a mano cuando los bichos rompían la red, haciéndose los arqueros, emulando sus tiempos de juventud, pero más por la influencia de la ginebra o grapa. Para las liebres era necesario hacer ruido, también en tractor, y buscarlas con un reflector en los sembrados de maíz o trigo. Por el ruido se movían, para correr a sus cuevas; cuando se paraban a mirar la luz asomaban la cabeza, entonces había unos segundos para tirar.

–Pero vos aprendés todo, che. ¿Cuántos tenés ya, gurí?

–Quince.

–¡Y sos bastante guapo, eh!? No te achicás con frío ni con sueño. Hace años que andás con nosotros ya. ¿No te aburrís de tanto andar con viejos?

–No lo agrandés, Musgo; se las va a creer el pendejo. –le dijo mi viejo. –

–Eeehhh Marlo! No te podés quejar de tu gurí, che! Bastante bien se amolda. Si yo hubiera tenido uno, me hubiera gustado que me saliera como el tuyo.

Musgo Martinez era un herrero solterón que había pasado los sesenta años. No se le conocía familia. A mi viejo le decían Marlo Blando. La infaltable chispa de Older había unido la apariencia física de mi viejo, que se llamaba Mario, con la de Marlon Brando en la época de “El Padrino”, dándole un sentido pícaro. Mi viejo se reía. Era código corriente el de gastarse bromas. Bien que se las cobraban todos, mutuamente. Con ellos siempre había que andar despierto, si no te agarraban a la broma y se divertían de lo lindo a costa del más lerdo. Older Gómez se dedicaba a la construcción. Se hicieron amigos con mi viejo cuando hizo nuestra casa y ahí conocimos también al Musgo, a quien Older siempre recomendaba.

Mientras se hacía el asado, preparé mate y oía las historias que iban contando. A veces surgían lo que llamaba internamente “campeonato de mentiras”. Esa noche también. Después de comer salimos. Hacía poco que me dejaban tirar con la escopeta calibre 16 que había sido del abuelo Santiago; mi turno era el último, pero también dependía desde dónde aparecieran los bichos.

Anduvimos dos horas y media, y nada de nada. Se sentía raro el aire de la noche, estancado, húmedo, algo así. “Hicimos un parate” a orillas de un tajamar, al otro extremo de donde habíamos acampado, porque ahí parecía haber una madriguera bastante grande, la más importante de todas las que encontramos en la ronda de la primera búsqueda. Nos envolvimos con las mantas y descansamos. Al rato oímos ruidos y vimos, o creímos ver, sombras. Estuvimos en posición de alerta con las escopetas, pero los ruidos no se correspondían con rutas o costumbres de las vizcachas. O eran varias, o lo que rondaba era otra cosa, porque no parecía tener un patrón lineal de movimiento, ni una regularidad determinada. No obedecía tampoco a una zona fija.

Era regla que mientras marcháramos no se hablara y se hiciera el menor ruido posible. Nos abrimos formando una línea. Older y mi viejo iban a los extremos del abanico. Rastrillamos el sector de donde vinieron los ruidos y nada. Volvimos.

Era la hora más fría de la madrugada y nos acomodamos para dormir y esperar un rato más, oteando cerca del tajamar. Antes del amanecer deberían salir de sus cuevas obligadamente. Entonces estaríamos listos. No es fácil dormir con tanto frío, pero nos enmantamos y traté. Cuando lo había logrado, algo como un olor en el aire, una vibración sutil, me hizo abrir los ojos. Estaba acurrucado en posición fetal, sobre mi lado derecho. De tanto andar con ellos, ya estaba acostumbrado a moverme con sigilo. Veo que mi viejo seguía dormido, mientras Older y Musgo se paraban en cámara lenta y apuntaban sus escopetas al mismo lado. No me moví ni un centímetro, solo giré mis ojos hacia donde ellos miraban. No tanto porque no quisiera, sino por costumbre, inercia. Además parecía que el aire pesara demasiado, como si estuviéramos debajo del agua, de agua malsana:

Una luminosidad ácida, gélida, emanaba hacia nosotros desde muy cerca. Los rostros de Older y Musgo no eran los suyos, un poco por la luz que rebotaba en ellos, pero más por una especie de hipnotismo que los enmascaraba. Seguían inmóviles, apuntando. En un momento parecieron petrificarse, estatuas de ellos mismos.

Para seguir mirando sin moverme –apenas me animaba a continuar respirando- tuve que esforzar mi mirada hacia su lado izquierdo, y ahí apareció lo que generaba ese halo extraño. Una criatura. No sabría explicar la certeza que, de haberla mirado de frente, me hubiera petrificado como ellos. Si con ese contacto sesgado al punto de no ver bien del todo ya me entraba un hormigueo que amagaba a inmovilizarme totalmente, creo que mirarla de frente me hubiera dejado igual que ellos.

Era una niña, un holograma. Apenas un metro de altura. Ropas que no eran de nuestra época. Los pies envueltos en cueros, el pelo desgreñado. Tenía cara de vieja, pero sin arrugas. Como si no corriera sangre por sus venas.

La miraba unos segundos y volvía la mirada porque cansaba la vista, dormía el cuerpo esa emanación verdosa imantada. Después me di cuenta que además me helaba, me hacía perder el dominio de mí mismo. Cuando no la miraba oía el rumor que desprendía. No encuentro forma mejor de describir esos sonidos que como una nube habitadísima, una estela espesa compuesta por muchas criaturas como ella desbordadas de odio, de tiempo, de historias viejas. Una suerte de parlamento permanente donde cada tanto alguna voz quería imponerse. Sus labios estaban completamente juntos y sin expresión. Por eso no entendía esos sonidos o asociaba que no fuera ella quien los emitía. Una constante agitación dentro de esa burbuja deshilachada que la poblaba o que ella gobernaba.

Avanzó sin mover los pies hasta pararse a dos metros de las estatuas. Yo estaba dos metros atrás y al costado de ellos. Por ahí pestañaban o temblaban, pero no despegaban –o no podrían sacar- los ojos de la criatura. No sé cuánto tiempo habrá pasado. El murmullo aumentó, una voz se despegó por sobre el resto con un pregón monocorde, más que nada consonántico. Los pocos y únicos sonidos vocálicos eran relativos a la o, alguna u perdida. El frío se intensificó su imagen en el aire, hasta el viento se volvió de piedra. No me acuerdo si respiraba, si fue una suspensión de tiempo y espacio, o nada más sensaciones físicas así percibidas. En ascenso, el ardor vocal y oblicuo de la niña empezó a ser un remolino sonoro, invisible pero millones de agujas en el hipotálamo, un zuncho de acero para el cráneo. Aunque no la mirara. Apreté fuerte los ojos y cesó. Los abrí. Estaba aislado en un silencio, aunque la escena seguía igual. Older y Musgo eran sobrevolados por flecos luminosos, miles de arabescos con movimientos subacuáticos. La niña de a poco separó los labios. Por ahí empezó a resumirse la nube, las estatuas apretaban sus gatillos en vano. Click, click, click. Áridos intentos de percutar. Mientras juntaba sus sombras luminosas el murmullo aumentó de golpe, pero esta vez no eran sonidos graves y tenues. Una especie de helicoide de chirridos. Su boca se abría cada vez más y el sonido laceraba la piel, perforaba los árboles, abría la tierra. Sismo inmóvil. Su boca seguía abriéndose sin respetar los límites de su cara, de su cabeza. Avanzaba como para tragarse su propio cuerpo. No creo mentir si digo que dentro de esa boca vivía otro mundo, o que era un portal a algo muy otra cosa que nuestra vida.

Cuando hubo terminado de tragar su propio cuerpo, cada ínfimo hilo que petrificaba todo a su alrededor se desconectó de golpe y desapareció. El recuerdo de su paso no se pudo seguir notando en el ambiente más de dos o tres segundos. Un tic imperceptible e inconmensurable devolvió a Older y a Musgo desde las piedras. Seguían apuntando. Miraron a los lados, se miraron. Sin decir palabra dejaron las escopetas y volvieron a envolverse con las mantas.

Antes del amanecer se despertó mi viejo y removió el fuego, de a poco nos levantamos todos y fuimos a la puerta de las madrigueras. El paréntesis de lo reciente se había cerrado extraña y naturalmente, como si nunca hubiera pasado.

Unos mates y a desparramarnos en torno a la salida de la cueva de los bichos. Esperamos que salieran seis, siete. Fuego a mansalva.

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El deseo

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Abel veía el límpido cielo durante un eterno instante cuando Valeria surgió desde el amplio celeste mirándolo espantada como si gritara, hasta que un enjambre de puntos blancos veló esa visión. Valeria lo había llamado para darle la tan esperada noticia; lo citó en la plaza donde se habían conocido, tratando que la dicha no le ensanche la garganta, que la emoción no traicione su tono de voz.


Lo esperaba nerviosa, sentada en aquel banco debajo de la araucaria donde Abel había tallado “V y A” con su cortaplumas, una tarde de domingo en que intuyeron amor eterno. Apretaba el bolso como quien guarda una preciosa joya. Por enésima vez extrajo el sobre del centro clínico y una bandada de golondrinas atravesó su cara.


No vio a los pibes tirados en el césped, bastante cerca; mucho menos los envases vacíos que los rodeaban, ni las bolsas que se aspiraban a cada rato. Mucho había cambiado la placita desde los novios días, aunque ella la viera igual que antes, atontada por el deseo de anunciarle a Abel lo que tanto deseaban durante aquellos meses.


La vio en el banco de antaño con la mirada perdida en una sonrisa. ¡¿Cómo se había metido allí, tan cerca de esos drogones?! Dos de ellos lo encimaron; al resistirse, uno sacó un revólver y disparó, tumbándolo con un impacto entre ceja y ceja.


Valeria corrió hasta Abel, se arrodilló y lo miró a los ojos sollozando, gritando desconsolada. Los párpados de Abel cayeron después de mirar el límpido cielo un eterno instante, cuando Valeria surgió desde el amplio celeste mirándolo espantada como si gritara, hasta que un enjambre de puntos blancos veló esa visión, ese día de enero, el más caluroso del año.

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viernes, 4 de junio de 2010

MCMIX

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ahora resulta que para no olvidar,

             para encontrar una piedra

                       que no suene a vos



y llenar celestes con la cometa única

                   de tu distancia



sin saber si las calas amanecerán

          hasta la cintura de gradas…



    …sonar a himnos perlados

    …a cartapacio puro

    …levitar laceración



helio y palabras que llegan gastadas



de


        la


                   rama


                                  más


                                                 larga


                                                                          d e l      p a r a í s o. . .


respirar vivos fenoles al imaginar un sí



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