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lunes, 12 de julio de 2010

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/V/


      la marcha dura más que las estaciones o los sitios mudan de nombre, cambian los paisajes y el clima se pone inhóspito después del tercer mes, entonces cueros del morral a los pies y a seguir con los ojos sin perder el brillo aquel que lo bautizara en su tierra; piensa en la niñez de lino matinal, en los estíos entre arrozales y sembrados de cebada que le enseñaba a contar su padre desde los cambios de luna y la posición de ciertos astros ancestrales del cielo

     hacia el mediodía rememora la hora de despertar, el olor de sus hermanos y la tibieza de las mantas de llama que lo hacía figurarse en una carpa a veces, en una cueva que lo abrigaba del mundo cuando veía a su madre cantando en voz baja entre el vapor de los recipientes que les darían de tomar sentados en círculos, sin dejar de mirarse a los ojos, enseñanzas del viejo que hablaba por las noches cuando la fajina los traía alrededor del ceremonial fuego que imponía silencio; entonces se sentía más aún pequeño y tomaba a todos los que allí estaban mentalmente de la mano y con todos ellos se sentía uno con un hormigueo ululante que le cerraba los ojos y se los hacía apuntar hacia arriba aún cerrados, decían los viejos que así se volvían la unidad, mirándose a los ojos mientras comían, momento íntimo irrepetible

     apenas mecerse al son de esos sonidos guturales que sabían a miel, a mano abierta, a los pájaros que veía aprender a volar

     sigue la marcha y sonrisas al evocar aprender a trabajar las piedras, los metales, la madera; sus hermanas tejían lanas y atuendos rituales, ponían flores sobre cintas y las casas se veían contentas desde lejos

     dominar la paciencia, aprender a respirar al ritmo de los animales a los que se acercaba en cada aprendizaje, sentir el agua en el cuerpo mientras las expediciones de correo e intercambio; la lengua de los otros, la propia, las demás... todo de a poco pero sin pausa

     en la cuarta estación le llegan perfumes tenues de una planta que sólo tuvo entre sus manos una vez y jamás pudo olvidar, recrea ese color extraño inolvidablemente vivo, los movimientos diferentes de las hojas cuando las sostenía

     dos soles después recién se acrecentó su olfato y anduvo intentando saber de dónde le llegaba

     al otro día un crecimiento silvestre que no mediría ni un palmo; se pasó el día sentado en ese sitio al pie de la montaña intermedia, creyó que era un signo del lugar indicado o una alucinación, el mensaje olvidado
     piensa cómo le quedará la barba y cada tanto alguna aglomeración de agua cedida por la lluvia lo deja recordarse nomás un momento

     se cubrió con esa hierba, subió la ladera sin problemas, ahí arriba podría pasar lo que le restaba de tiempo oliendo campos enteros, invadido por la sensación que soñaba cada tanto; le habían dicho el nombre de la planta pero a esa edad no se pregunta, nada más se escucha

   por más que intentara recordar su nombre, le venían sonidos raros, tanto como su color y aroma, no acertaba a recordarlo

   pasan los días por encima de su cuerpo, se siente bendecido, mira al sol pasar siempre hacia el mismo lado y en la espalda raíces para mensajes a los suyos a través de las piedras; no quiere moverse, no come más que una hoja de la planta por día

   se debilita de a poco, tranquilo, le sobraron unos días de marcha, intenta nunca cerrar los ojos aunque lo único que los llene sea ese celeste de a ratos manchado, y lo verde interno que se agría gris paulatinamente; nunca se imaginará que siglos después sus despojos mal entrazados serán una de las más valiosas momias en Hanover, un sitio extrapolado al de su entorno natural, perdido en la historia 
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3 comentarios:

Fran dijo...

magnífico y muy bien escrito. El final me pilló por sorpresa. Un saludo.

Natàlia Senmartí Tarragó dijo...

Cuanta natura, aire, olores, sabores, sorpresas en esa vida que un día fue tan plena. Alejandro, el final de este bellísimo relato me deja la melancolía de captar lo que fuimos en un retazo de despojo ausente del sitio de su reposo, quizas en sueños despertado y convocado por tí mismo. !Ave! desde la orilla galega del océano.

Alejandro Cabrol dijo...

Gracias Fran!

Sí Nati, quería caminar oler y ser la naturaleza mientras, hasta que la naturaleza absorbió al personaje y lo momificó con la bendita planta