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domingo, 7 de marzo de 2010

Metales de marzo

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Microcentro, martes dos de marzo de dos mil diez. Morgue local. Occiso NN.
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Él insistía. Hacía bastante que me lo estaba pidiendo. No que fuera repetitivo ni hablara demasiado al respecto. Pero cada bolsa de aire que exhala en mi presencia me jura sus salmos de imprecaciones, sus anhelos, sus silentes derrotas. Nada, se mueve desde ese lleno de algo amargo. Hasta su sombra, cuando juntos, calla el aire de las palabras que enjaula, que dispara sin decir y es incapaz de encerrar. Si sus ojos hubieran sido peceras… digo mal: por el cristal de sus ojos fantasmagóricamente empezó a destilar esas criaturas resbalosas que se me fueron adhiriendo como telarañas nítidamente grises; y peor los domingos: amargo pan de azúcar, de costado, entre mis dedos.

Calicos, Burbujas, Carpas; cuáles te gustan, mi cielo? Eran las tardes de sol y las noches de fuego. Un estreno de carmín, flores y bastos aquellos días que vinieron en un saco plástico, y ahora se han vuelto un ojo mínimo inmerso entre las hebras de este silencio de silicio acuoso que me creció branquias y aletas, y una tristeza que creía ida, ahora ampliada de golpe, con precisa claridad por la concavidad del vidrio que funciona cual lupa que me desnuda en un desierto, éste desierto en el que me aíslo cada vez más peligrosamente, por ser una abstracción que me enquista nada más que entre la espada y la pared, más todavía contra mi propio vidrio.

Del otro lado de mi ventana, nadie me mira, -igual pensarían mis maniquíes flotantes desde su redondez traslúcida, si cavilaran- la aridez de la ciudad es testigo letal y ciego al mismo tiempo, que no paga mis fervores, mis fulgores, mi fragancia estancada, mis fracasos; en cambio yo…delante de estas monedas vivas para un amor ahogado, simulando ventanillas de cobranza: Ballesta Negro, Gourami Enano, Labeo Bicolor; surtido heterogéneo del acuario, uno de cada uno, mi amor. Soy una máscara con esos tres testigos inermes que me ignoran ampliamente sin saberlo. Me asomo a la ventana. Abajo, coronillas de hormigas aéreas, acuáticas, casi inexistentes para mí, porque nadie ve esta boca cuadrada perdida acá arriba, entre la formación urbana de King Kongs cuadrados, desde donde miro. La pecera de aquí dentro es un vidrio curvo con tres testigos, tres vestigios solapados, regalos de una pasión inasible ahora, como si estuvieran afuera de su entorno líquido. Ya lo dije? Bueno, explico la otra: mi pecera es cuadrada, de cemento, y mi agua es aire. Alguna vez fuimos ese seno diáfano que deslumbra, que nos hacía flotar figuras curvas a toda hora, en cada sitio.





Él, que antes delfín, hoy tiburón. Pero entre el ahora solitario y el luego válvula, con bisagras que de un momento a otro le fabricarán sus dientes para cuando llegue, hay un abismo. Porque la válvula ochocientos catorce lo atiburona, como del goldfish ayer al presente tiburonáceo. Casi así diría, no sé explicarlo de otra forma. Y hay más, porque el sonido válvula ochocientos catorce que lo tiburoniza cuando entra, también lo desdibuja al irse. Un desdibujamiento raro porque lo multiplica, lo condensa desde esta ausencia que chorrea recuerdos, fusión de goldfish y tiburón. Y eso es lo que duele. Es eso, semejante mezcla.

Otra fase: entre ida y vuelta. Y aquí quiero detenerme, porque esa transición es el quiebre que busca mi nuevo aire de aquí, sin agua. El clic donde los dientes son débiles o al menos me dejan otra puerta. Antes de seguir pongo la trampa. Porque no tienen la culpa, pero ser tres es lo que pura y putamente cierra el ciclo. Hay que alinear el agua, el aire y las etapas, cómo no. Llevo la pecera a la pileta de la cocina y abro un grifo para cambiarles el agua. Es su cine semanal. Su salida al restaurante donde las mesas, los vasos y las voces; remedos del fulgor muerto que agregan algo de aire a sus miguitas diarias.

Sin pensar abro la otra canilla, las dos al máximo. Cuánto pueden demorar en cansarse? A mí me tomó tres años y ellos son tres. Todos somos tres. Lo habremos sido siempre? No es hora de preguntas. No es un show televisivo, aunque lo pueda ser cuando se cansen y lleguen los flashes de ÚLTIMO MOMENTO, URGENTE… porque la presión los secuestra contra el vidrio del fondo o los arrastra a la boca que da al abismo de acero inoxidable. Igual que a mí. Al menos tenemos opciones y eso siempre es algo bueno.




Cuáles princesa? Kois, Guppy y Coridoras Bronce, te parece? Ya la oyó; ésos, por favor.

Tan radiantes las sonrisas de entonces, hoy reducidas a estos cospeles animados cuando no habían tenido su estreno de manos todavía, detrás de su muralla cristalina, en la solapa de aquellos días. Es curioso que recuerde tanto la claridad de ese acuario. Debería volver algún día para comparar los recuerdos con los datos sensoriales. Me encantan, son preciosos mi vida, te amo. Pero iba por la fase entre ida y vuelta. Exactamente por el momento en que el tiburón cabe en un vacío que lo desnuda de sí mismo y de sus pantomimas. Eso queda evidentemente entre el plenilunio del desdibujamiento insoportable de la ida y la coronilla formícida ya reconocible, aún impersonal, que marcha hacia la celda, hacia los pies del King Kong compartido, que dentro de treinta metros empezará su ascenso para ochocientos catorce y tiburón letal.

Hubiera sido distinto ésto si entonces hubiese elegido dos, en vez de tres?

Antes de volver a la pileta de la cocina, le dejo sobre la cama mi mejor ropa interior, las primeras fotos juntos, el trozo de tela ensangrentado que atestigua la entrega; mi letra nerviosa a mano alzada, mi nombre completo, mi historia entera; todo le dejo, me dejo de pies a cabeza entre esas cosas que él sabrá entender… sabrá?

Gobio, Dardo de Fuego y Arlequín soportan mientras pueden minutos dialécticos en sus días de litros a doble grifo entre vidrio y acero, entre fondo de pecera y cornisa cascada hacia el acero. A uno de los tres ya le cuesta mantener la fuerza de nado necesaria para buscar el fondo, para alejarse del ahora cada vez más cercano alféizar de vidrio, que ve la cabeza del ex delfín camino a tiburón, hacia tan prístino acero inoxidable. Abierto el paréntesis de la debilidad metamórfica. Son apenas unos segundos y es tan fuerte el agua. Cómo le cuesta ondear y bajar, resistirse a la fuerza de los dos grifos. Qué poco falta para tiburón. Parece flotar un momento mientras su cola se suspende más allá de la frontera, en la catarata líquida. Allá viene, debe ser ese. Su siempre inconfundible forma de caminar, la cabeza apenas de lado y levantada, pero nunca mira acá arriba. Su mentón potente, una futura aleta y la abertura baja donde dos hileras de guillotinas puntiagudas no se alcanzan a ver todavía pero ya crecen. Boquea y oscila víboramente. Es tan bandera al viento tibio que le acaricia las escamas sin rimel, la burbuja apurada que se lleva el agua, esa lágrima inútil que se traga el aire de camino.




Nunca vio cazar tiburones con carnada, ni pensó plantarse ante sus ojos de tal manera: crujido incoloro contra el acero que dentro de ocho pisos asomará allá abajo, al cordón de la vereda, para mojar los rubíes que salpican las escamas del pez volador.

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2 comentarios:

Mimí dijo...

Una imagen y miles de pensamientos chocando contra el plástico que envuelve un cuerpo, deliberaciones del espectador, la conciencia despierta ante el último estertor.

Se licuan mis pensamientos ...

Abrazo para tí.
Mimí

Alejandro Cabrol dijo...

Gracias Mimí!! El ahogo del cadáver en el plástico, los peces que te venden en bolsas, las bolsas como paredes entre mundos diferentes, o partes distintas del mismo. Los estados anímicos, esas cosas... Beso!