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jueves, 25 de febrero de 2010

el cuento del tío /2007/

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Tío Carlos conocía al dedillo las leyes de la calle y nos las reveló desde el vamos, aunque no siempre las respetara; aun cuando al infringir algunas arriesgara su vida. El más joven de los tíos, tan cercano como un primo más, en cierto modo supliendo a nuestro padre, muerto cuando mis tres hermanos y yo éramos niños, empujaba su negocio mayorista de pollos. Arrancó como un simple empleado hasta crecer y transformarse en competencia de anteriores jefes, gracias a su innata pericia para subsistir en la jungla de cemento. Su táctica no era justamente la honestidad; porque para trepar, no alcanza con manejarse lícitamente; y trampear, o ser más rápido que otros, le divertía sobremanera. A veces, hasta nos refería detalles de la lucrativa maniobra diaria que, por derecha, hubiera llevado meses conseguir.

Al ser yo el mayor de los hermanos, quise inculcar a los más chicos buenos ejemplos, hasta donde pude; igual crecimos al influjo de tío Carlos.

No habíamos dejado de ser niños y ya trabajábamos para él. Cuando fuimos grandes, influí en mis hermanos persuadiéndolos de encarar un negocio entre los cuatro, al ver que Carlos obtenía ganancias desproporcionadas a las nuestras; no le gustó la idea, pero no le dejamos otra opción, en una movida digna del maestro que tuvimos; luego repartimos el negocio a la mitad: una para él, la otra para nosotros y desde entonces no tuvimos noticias suyas.

Ya por nuestra cuenta, no preví el vigor, el liderazgo y la falta de escrúpulos de Marcelo y Martín, los del medio, quienes tomaron las riendas del negocio sedientos de fortuna a cualquier precio, con el tío en un arraigado pedestal de modelo a imitar. Incluso creí advertir en ellos demasiada convergencia genética como para tener a mano evitar que siguieran sus pasos.

Para el noventa y cinco nos habíamos afianzado en el mercado provincial y emprendido una amplia red sumando Corrientes y Misiones a nuestra ruta, auxiliados por la facilidad crediticia de la época. Contactamos un masivo productor brasileño. Por diferencia cambiaria, triplicábamos ganancias sin faenar, solo revendiendo. Todo iba viento en popa. Ni tío Carlos hubiera soñado conseguir tamaña proyección comercial.

Durante un viaje al norte, me enteré de que cerraban Frigorífico Santa Clara, uno de los estatales más notables de la provincia. Dos parlamentarios encargados de ese establecimiento me citaron planteando abiertamente vendernos bajo cuerda, un portentoso lote de cajones de pollo existente en cámara a precio irrisorio. Hasta insistieron en mostrármelo mientras lo tasaban oralmente. Me dieron una tarjeta de presentación donde sus nombres y celulares eran amparados bajo la sagrada investidura del gobierno provincial. Solo teníamos una semana para decidirlo y dos para concretar el trueque, en Casa de Gobierno. Cuando les expuse la oferta, mis hermanos ni dudaron. Sus ojos inflados de codicia emulaban la imagen de Tío Carlos. Expuse mis reservas al respecto; olía mal que fuera tan barato, precisábamos calmarnos y pensar; confirmar que la mercadería no estuviese vencida, tomar los recaudos posibles, hasta el más mínimo cuidado parecía poco teniendo en cuenta semejante transacción. Cincuenta mil pesos por una cantidad vendible en tres meses, cuando menos, si nos proponíamos ampliar nuestra venta. Con ese monto se podían construir dos casas modestas, o comprar siete autos cero kilómetro. Debíamos andar con pie de plomo, sopesar hasta el último detalle. Pasaron tres días hasta tomar una decisión. No había cómo razonar con los dos del medio, intratables e irascibles de ansiedad por cerrar el trato; el más chico no decidía y sabiéndolo, ni opinaba. Yo me opuse firmemente, pero no había Cristo que los persuadiera. “Si no lo hacemos nosotros, lo hace otro”, decían. Salomónicamente acordamos que el riesgo y las ganancias serían solo de ellos dos. Eso los conformó y concluyó el debate.

Una semana después de hacer la oferta nos visitaron en nuestra empresa; mis hermanos los examinaron con ojo clínico buscando la quinta pata del gato, dispuestos a comprender el yeite escondido que los delatara. Ambos funcionarios se miraban y sonreían, mofándose de la inocultable desconfianza de esos comerciantes que pretendían estar a la altura del caso, pero a quienes su lenguaje corporal los probaba inexpertos. Martín y Marcelo se sintieron vergonzosamente muchacheados. Pusieron punto final a la negociación conciliando los últimos detalles. Los representantes oficiales recalcaron la confidencialidad del arreglo.

Anduvieron de aquí allá a las corridas, cobrando facturas, pidiendo entregas a cuenta a clientes de confianza, luego de exponerles brevemente la causa, quemando bienes conjuntos que los endeudó con nosotros dos. Por último, no les quedó otra alternativa que acudir a préstamos de parientes, amigos, y hasta de extraños.

El día fijado fuimos con tres térmicos a Casa de Gobierno para efectuar la operación. Nos aguardaban en la esquina posterior. Yo cuidaba los camiones. Marcelo y Martín entraron con ellos a una oficina situada en el entrepiso donde le presentaron a un tercer funcionario, superior de ambos, que saludó mostrándose ocupado y entró enseguida a una oficina contigua. Una vez que los cuatro rubricaron el contrato, uno de los agentes provinciales le sugirió a Martín que fuera ubicando los camiones a la vuelta de donde estaban, para trasvasar la carga. Martín fue hacia donde yo estaba y entre los dos trasladamos los tres mastodontes al sitio indicado maldiciendo el tránsito de la hora pico. Adentro, Marcelo recibía las órdenes de carga legalmente selladas. Luego, uno de los oficiales se excusó por un momento, llevando a que su jefe firme el contrato y cuente el dinero. Marcelo y el otro quedaron charlando de nimiedades a la espera del tercero. El otro ofreció a Marcelo algo de beber. Sí, un café estaría bien. O algo más fuerte, si tenía. Tomó el teléfono para pedirlo al mayordomo, le habló con la típica actitud de confianza híbrida proferida a subalternos. Al colgar sonrió resignado, manifestando que si a Marcelo no le molestaba, iría a buscarlo él mismo, aduciendo que si lo esperaban tardaría una eternidad. Ahí quedó mi hermano, nervioso a la espera de ambos sujetos. Pasaron cinco minutos y se alarmó. A los siete, como aún no habían regresado, salió urgido al pasillo temiendo que algo anduviera mal. Preguntó a cuanta persona se cruzó por los hombres que hasta recién habían estado con él en esa oficina. Nadie los conocía. Ni con sus nombres completos pudo dar con ellos. No figuraban en la nómina de empleados, ni siquiera eran autoridades oficiales. Nos buscó alterado de incredulidad y desconcierto. Por más que rastrillaron la zona con agentes de Policía durante cinco horas, les fue imposible ubicar el paradero de esos tres individuos. Durante cinco meses, diariamente, Marcelo y Martín rondaron Casa de Gobierno infructuosamente, avergonzados de haber sido víctimas de tan perfecto cuento del tío. Ah… Hablando del tío. Al año siguiente, me enteré de que Carlos había puesto un supermercado enorme en Goya, Corrientes.


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